Empieza el día con una tortilla y queso de bola holandés. Esta rara mezcla es herencia de la cultura yucateca que pasó sin más a Quintana Roo de donde la trajo a la ciudad de México mi suegra que a su vez llegó a México desde Cuba y cuyos padres nacieron en Asturias. Así que desde mi amanecer ya estoy viajando. He preguntado en el mercado de dónde son las naranjas con la que hacemos el beatísimo jugo de naranja y vienen de Veracruz a la central de abasto desde donde llegan a mi casa a pasar por agua con jabón y demás indicaciones.
Puerto libre
Días que engañan
Vamos entrando en estos días como en las nubes de una tarde. Nos sentimos en el umbral de algo desconocido. Oímos las cifras de aquí, sabemos las historias de horror que se ven en lugares tan queridos como el Piamonte, Madrid y Nueva York. Y estamos asustados, pero dudando.
Voy de mi corazón a mis asuntos
Ando el día como si los días de otros no estuvieran en él. Y me ha resultado tan sorprendente la sensación. Si no fuera porque sé de qué se trata esto que nos pasa, podría decir que paso el día yendo “de mi corazón a mis asuntos”. Y en santa paz.
¿Y si lo traigo en los zapatos?
Tras quince días de encierro salí a caminar tres calles. No había nadie a mi alrededor, era tarde de sábado y no pasaba ni un coche sobre la aberrante calle del general José María Tornel. Esperar en la esquina a que se pusiera el verde parecía una más de las muchas ociosidades con las que hay que entretener el tiempo.
No se preocupen jóvenes
Escribí hace diez años: Los viejos no deberían morirse, deberían esperarnos. Vivimos en un mundo que no quiere pensar en la vejez sino como algo que asusta, en un mundo que quiere el todo o nada. Escribo ahora: El todo hay que seguir queriéndolo. la vejez sigue llena de curiosidad. No se preocupen, jóvenes, los vamos a esperar al otro lado de la pandemia.
Quien vive por vivir solo
Yo no suelo tener pesadillas. A lo largo de mi ya larga vida recuerdo menos de cinco. Las dos últimas en sólo una noche. Ayer.
¿Y si te mueres?
Verónica va caminando con su nieto, por el campo, frente al volcán. Al día siguiente se irán a recluir en su casa. El niño tiene casi seis años. Y le gusta cantar.
Ojalá que llueva café
Hace rato que empezó a llover, ahora mismo está granizando. Aunque habrá quien no lo crea, ha sido día lleno de prodigios. Y todos, dentro de la casa. Empezó con la luz tras las persianas disimulando un sol ya muy despierto.
Un cobijo contra el coronavirus
Hay épocas que nos llevan a la infancia. Meses en que la juventud, o su memoria, toman todos los días y nos alzan en vilo. Ésta, la del virus inexpugnable, me lleva sin remilgos a cuando aún estaban vivos mis primeros muertos, y su presencia —como la eternidad— era un cobijo imposible de apreciar.
“El rugir de una sororidad”
A las doce del domingo, decidí que setenta años y doscientas marchas, por motivos varios, no podían quitarme del gusto, el deber y el privilegio de ir al largo encuentro de esa tarde. No tenía contingente porque como siempre tardé en decidir mi destino. Así que mi hija, mis parientes, mis amigas jóvenes y mi amigas de la segunda edad, ya andaban camino al Monumento a la Revolución.
