Días que engañan

Vamos entrando en estos días como en las nubes de una tarde. Nos sentimos en el umbral de algo desconocido. Oímos las cifras de aquí, sabemos las historias de horror que se ven en lugares tan queridos como el Piamonte, Madrid y Nueva York. Y estamos asustados, pero dudando.

Igual y este país nuestro de verdad está bendito por algún santo de yeso. Ojalá. Pero es de dudarse. También dice un decir, que una de las razones de que esto no haya empeorado puede ser que aquí en México, hasta hace muy poco tiempo se seguía poniendo la vacuna contra la tuberculosis que no se ponía en los otros lugares. Y que eso ha protegido a muchos. Esto último suena también a magia ficción, pero ya se puede creer todo. ¿Por qué no? Tómenlo como de quien viene: una ignorante estupefacta.

Punto y seguido: La figura del Sagrado Corazón que durante muchos años tuvo la tía Nena sobre un pretil en alto, construido específicamente para ella, era como del tamaño de un niño de tres años. Lo veíamos desde abajo. Primero los pies, luego al hábito y la capa roja, luego el pecho con un corazón dorado en el que mi tía, pequeñita y redonda, tuvo puesta una esperanza que nunca perdió del todo, a pesar de que le había hecho la maldad de hacerle creer que cuando se sacó un premio en la lotería, debía comprar con ese dinero el entero que iba a convertirla en millonaria. Cuando se llevó esa decepción estuvo un mes en cama con el hígado a punto de estallarle. Eso decía mientras fumaba, metida en un camisón delgado por el que salían sus pechos rubios y pecosos. Mi tía Nena hubiera estado ahora en el grupo de los que corren muchos riesgos. Como yo y todas sus sobrinas. Igual y cuando yo tenía diez años, y me quedaba a dormir en su casa, llena con la curiosidad de saber qué iría a pedir en su rezo de esa noche, ella tenía sesenta años. Yo la veía viejita como nunca me he visto. Será que una nunca puede verse a sí misma desde sus diez años. 

Punto y seguido: es probable que mi inocente tía Nena le hubiera pedido a su Sagrado Corazón, —porque era suyo, ése que hacia los milagros era el de su casa, el de pasta fina y ojos de porcelana— que nos cuidara a todos de este mal. Igual y como con la lotería, no le hubiere hecho caso.

Punto y aparte: Fue una maravilla querer a esa mujer, pero ni ella ni su santo están conmigo y tengo que encontrar desconsuelo o consuelo, —como tantos—, en la realidad.

Según dijo ayer la OMS, el Covid 19 es diez veces más mortal que el H1N1. Dijo también que en el mundo hay dos millones de personas a las que ha tomado este coronavirus. El doble que hace sólo once días. Debe ser por eso que estamos encerrados. Alrededor nuestro, todavía, por fortuna y ojalá nunca, no ha pasado algo tan grave. Dicen que puede no pasar, por lo pronto, la realidad es que obedeciendo más a nuestras intuiciones y temor que a una solicitud explícita, sino hasta hace poco días, nosotros estamos encerrados desde hace ya un mes. Ojalá y sirva de algo. De momento lo que yo he conseguido es aceptar que a mí la calle me viene sobrando. Y que este encierro, si no fuera por su causa, casi me gusta.

Dos puntos: Estamos encerrados y en los árboles del patio hay pájaros, y en nuestra mesa comida poco frecuente. Más pan que tortillas, más pastas que arroz, más postres como los de la infancia: duraznos en almíbar y cajeta Coronado. ¿Cuándo nos hubiéramos atrevido a comer esto? Puros desafíos a la presión alta.

Estamos encerrados con música y silencio, con Mozart y su concierto para clarinete. Yo lo oigo y me voy de viaje. ¿A dónde? No a Viena, sino a Kenia. A la puerta de la casa de Isak Dinesen que, en la película sobre su vida en África, es Meryl Streep. Lo mismo que Dennys Finch es Robert Redford. Los acompaña Mozart a la puerta y de ahí los imagino corriendo a subirse en un avión para ver a los flamingos desde el cielo. Y oigo la música que acompaña ese vuelo. El compositor se llama John Barry.  Estamos encerrados y vuelvo a la mesa: comemos cosas que no son del diario, como palmitos. ¿Quién come palmitos fuera de Brasil o de un coctel?

Estamos encerrados y amanecemos y anochecemos a la hora que se nos da la gana. He leído que para que la cuarentena no se convierta en un caos hay que ponerse un orden. Nosotros nos dormimos a la una y despertamos a las nueve. Ese es nuestro orden. Pero es flexible. A veces más tarde y a veces un poco más temprano. El chiste sería dormir ocho horas, pero no siempre lo conseguimos. Aunque ni ganas de despertar con los pájaros, más que para elogiar su madrugada y volver dormir.

Paréntesis: Soy muy afortunada. Por eso me cuesta contarlo. Porque la culpa es un hábito y el deseo de no molestar es otro.

Pésame: La mamá de una amiga, en España, murió sola. Ya le he dicho cuánto me apena su dolor y el de sus hijos. Nada logro con eso, sino aliviar mi propia pena. Decir siempre alivia. Sobre todo cuando no se reza. Otra vez, desde aquí, la abrazo mucho.

Tranquilidad: Les escribí a mi editores italianos que viven en Florencia, en una loma desde la que se ve la ciudad antigua como en una pintura de Leonardo. Ellos están bien. Lo mismo que Juan Cruz en España, que ha hecho una cita para comer el 24 de mayo y que todos los días se viste con su saco azul marino y una camisa de lino, como si tuviera que salir a algo urgente. Lo mismo sé que está bien Manu Jaramillo que de suyo es encerrada y cavilosa.  Serrat a quien ya vi cantando “Las pequeñas cosas”. Sabina cuyo mujer del alma, Jimena, contestó para decir que les gusta su casa y están bien. Me gustaría haber tenido que preguntar por Piluca, pero a ella no le tocó ya todo este lío.

Certidumbre: Todos los días engañan, parecen iguales, pero cada uno trae su emoción. Hace dos días me encontré con una entrevista a Savater, como para bendecirla. Aquí les dejo el enlace. https://americanuestra.com/savater-no-estabamos-dispuestos-a-creer-lo-que-veiamos/

Abajo le dejé un comentario. Me contestó por el correo. Qué hombre tan lúcido y tan bueno. No siempre van juntos estos atributos, pero en él van de maravilla.

Y luego: están los chats. Y la alegría de ver a los amigos mientras se habla con ellos, cosa que no es una costumbre de adultos no jóvenes.

AHORA: no vinieron los niños a jugar en el jardín, ni ayer. Me alegra verlos, aunque sea de lejos. Hace tres días Lucio cortó una flor de la bugambilia y la puso en el centro del jardín. Aquí te la dejo y luego vienes por ella, dijo. “Gracias, mi vida”, le contesté. “¿Cómo hace tu corazón?”, preguntó.

Hasta aquí mi recuento. Porque si escribo más largo, los canso.  

Poesía para hoy: Baste ya de rigores, mi bien, baste. Primer verso, del primer terceto de un soneto de: adivinen sin ir a Google.

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Publicado en: Puerto libre

15 comentarios en “Días que engañan

  1. Hermosa, mi siempre admirada Ángeles, bendiciones para ti, tú familia y tú bendita pluma, abrazos a distancia, toda mi admiración desde Arrancame la Vida.

  2. Gracias por la tertulia. Y sí, querido Ricardo, es un espectáculo extraordinario esto que nos pasa. Sólo que no he querido darle demasiado tiempo porque pensaba usar en el texto de nexos para junio que, como sabes, hay que escribir en mayo. Pera ya veré entonces qué hago.

  3. SEÑORA: Mi agradecimiento ????por estar en contacto.Quién extraña la calle si tiene a Ángeles para leerla…Que su LUZ nunca se apague. Cuídese mucho y GRACIAS por el regalo de sus letras.

  4. Arcángeles querida, hay algo que no veo escrito ni dicho por ninguna parte, y es que, a pesar de todo, deberíamos considerarnos felices de ser protagonistas y a la vez espectadores de un show down como no se ha dado nunca no sólo en toda la Historia (con excepción tal vez de la caída del meteorito y la extinción de las especies que hacen las delicias de Spielberg) sino ni siquiera en las fantasías mas apocalípticas de Hollywood. De repente incluso estemos llamados a escuchar las trompetas del Juicio FInal, de lo que me alegraría mucho porque sé que dos de ellas son las de Louis Armstrong y Miles Davis. Pero si sobreviviéramos, seríamos unos privilegiados de la Historia. Y a ver quién de nosotros no estaría tentado de decir entonces, una de dos, «Después de mí, el diluvio», o bien «Que me quiten lo bailao». Así es, Arcángeles querida, que a seguir bailando. Vale (que, como sabes, es la última palabra del Quijote),.

  5. Nunca nos cansas. Es hermoso poder contar con tus letras en estos momentos.Te leo todo en Twitter y nada está de más. Gracias

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