Empieza el día con una tortilla y queso de bola holandés. Esta rara mezcla es herencia de la cultura yucateca que pasó sin más a Quintana Roo de donde la trajo a la ciudad de México mi suegra que a su vez llegó a México desde Cuba y cuyos padres nacieron en Asturias. Así que desde mi amanecer ya estoy viajando. He preguntado en el mercado de dónde son las naranjas con la que hacemos el beatísimo jugo de naranja y vienen de Veracruz a la central de abasto desde donde llegan a mi casa a pasar por agua con jabón y demás indicaciones. El té Chai viene de la India, yo de Puebla, y el Covid de China. Muy internacional mi desayuno.
Luego vino la mañana y con ella el correo y el tiempo que voy dejando en cada carta. Al mismo tiempo el chat. Me divierto con el litigio en torno a cuándo acabará o debe acabar la cuarentena en México. La información de que en Alemania ya van a empezar a abrir, poco a poco, a partir de mayo, tiene a mi hermano el optimista con un pie en la calle. Dice que volverá al trabajo el día dos. No lo desencanto diciendo que México no es Alemania porque nuestro encierro empezó mucho después que el de aquel país en cuyo idioma escribió Celán, como nadie después de la post guerra, según escribió Ricardo Bada en un texto secreto que dejará de serlo en cuanto lo publique Nexos dentro de muy poco.
Luego lei un mensaje de Claudia Neira, con la representación de Centroamérica Cuenta. Junto a ella oigo siempre la voz de Sergio Ramírez. A los dos, se les ha ocurrido que quieren celebrar el 23 de abril con un video que será la suma de 23 escritores leyendo, cada quien, un terceto de Letanía de nuestro señor Don Quijote, del siempre querido Rubén Darío. Les gustaría contar con mi presencia y que en caso de que yo acepte se han tomado la libertad de sugerirme un terceto. Aquí lo dejó a ver si al transcribirlo ensayo: soportas elogios, memorias discursos/resistes certámenes, tarjetas, concursos/y teniendo a Orfeo, tienes a orfeón!
Para qué les miento, diciendo que entiendo el final. Voy a tener que pedirle auxilio a mi erudito compadre Luis Miguel Aguilar, si quiero resultar una buena intérprete del terceto. No que vaya a sentirse en el aire una alondra cantar, pero al menos que se entienda.
Otra buena razón para haber pasado por el trago de pintarme el pelo. Formato horizontal.
Vino Lupita a recoger su pago del mes de abril, le di el sobre, mejor dicho voló por la ventana. Desde otro lado de la calle me saludó Alejandro Rico, el vecino más alegre y bien dispuesto que alguien pueda tener. No nos hemos visto, pero nos oímos. Ahora, con su cubre bocas disimulando la sonrisa con que siempre anda por la vida, me contó que en el ocio de estos días encontró unas cuentas de su abuelo entre las que hay un soneto en torno a su gusto por gastar el dinero, que quedó en mandarme y que yo les mandaré. Todo, por supuesto a gritos, porque ya no estamos en edad de oírnos a una distancia de cinco metros más que hablando muy alto.
Vinieron mis nietos. Ahora sí los vi de muy lejos, jugando carreras con sus mamá. Dicen un: “en sus marcas, listos fuera”, que sólo entendemos los muy versados en su lengua.
Pasó el organillero. Leí un conmovedor texto de Rafael Pérez Gay en torno al miedo. Regué las macetas de mi estudio que han perdido flores porque se acabaron las gotitas de abono. Hay un orquídea que está floreando como si se hubiera enamorado. Como toda enamorada se ve resuelta, vociferante y cursi. Le tomo una foto. No sale bien porque el forro de mi teléfono es de otra generación y tapa medio lente. Hay que desvestir el teléfono cada vez que uno quiere jugar a Tina Modotti y no están los tiempos.
Comemos mientras hablamos con nuestra hija Rosario, que es la admirable coordinadora de la hechura de 250 caretas para los médicos del hospital López Mateos. Tiene una voz apresurada y sonriente. Tenaz y triunfal. Quedamos de volver a hablar mañana. No faltaba más. Como se acabó el helado de chocolate que me mandó Catalina, que en vez de crema tiene agua y es una delicia, tuve que inventarme un suplente. Un vaso con agua, hielos y cocoa. Quedó bueno. Y luego tres galletas saladas con cajeta.
Me pregunto si alguien sabe en qué consistirá la fase tres, cuándo empieza y cuándo se acabará. No porque me urja salir a la calle, sino para saber cuántas latas de duraznos en almíbar hay que atesorar. Parece ser que el jueves “nos darán razón”, que diría Juanita, la última nana de mi madre. Tenía mi madre 84 años y ella 50. Usaba otra frase célebre que puede ser la mejor respuesta para cualquier pregunta: “Pos ya qué”. ¿Qué será de Juanita? Lo último que supe de ella es que estaba trabajando en una casa muy elegante. Y estaba muy contenta. Sin embargo me preocupa porque por ese rumbo llegó el Covid a la Puebla de los Angeles.
Tocan. Es un señor. Dice que trae unas cosas de parte de una amiga mía. Le llamó a mi amiga y no contesta. Me disculpo con el señor. Le digo que si podrá echar el envío por el buzón. Me enoja ser así. A propósito del miedo. Llama mi amiga. Que sí, que ella me mandó una toallitas con desinfectante que son lo mejor del mundo. Y se las agradezco mucho. No sé qué voy a desinfectar si nada entra ni sale. ¡Ah! Me equivoco. ¡Los botes con duraznos! Ustedes perdonen, otra vez, la insoportable levedad de mi ser.
Música para hoy. No se pierdan esta maravilla.
Stjepan Hauser, querida Arcángeles, es un joven croata (33 años) que lleva embelesándonos con su violonchelo desde que se lanzó, aquí te dejo otra performance suya, a dúo con Carolina Campbell, una violinista gringa de muchos quilates : https://www.youtube.com/watch?v=tHRLPk0HvnE
Gracias infinitas por sus letras que hacen soñar.
Que agasajo leerla, saludos desde Hidalgo
Como siempre un placer leerla y la música simplemente sensacional, gracias
Que bueno es tener un hermano optimista.Por suerte tambien cuento con uno.
Sra. Mastreta………..es Ud. Genial!
Comento diciéndoles que no se dejn de oír a este chelista. ¿De dónde salió? Mgnífico.
Te hice caso y lo escuché. Y sí, es magnífico.