Puerto libre

“El rugir de una sororidad”

A las doce del domingo, decidí que setenta años y doscientas marchas, por motivos varios, no podían quitarme del gusto, el deber y el privilegio de ir al largo encuentro de esa tarde. No tenía contingente porque como siempre tardé en decidir mi destino. Así que mi hija, mis parientes, mis amigas jóvenes y mi amigas de la segunda edad, ya andaban camino al Monumento a la Revolución.