Ni yo me lo creo, pero en el dos mil dos lo puse por escrito en un artículo que no voy a reproducir para no quitarles tiempo, de su bien ocupado tiempo, poniéndolos a leer algo que puedo resumirles como el texto de una pesada a la que no sólo no le gustaba el futbol, sino que casi se sentía superior a quienes lo disfrutaban. Al leerlo me ha quedado claro que en doce años, y después de los cincuenta, se puede cambiar mucho, y para bien. De donde derivo que no estoy tan anquilosada como lo suponía. He sido capaz de abrirle un espacio grande, a algo que no me interesaba un ápice, hace no tanto tiempo. Aquel mundial fue en Japón y los juegos pasaban en unos horarios inalcanzables. Había partidos a las dos de la mañana y mi cuñado Luis Miguel ponía el despertador para verlos. Ahora podría venir a mi casa y yo le haría una fiesta para esperar a que sonara el silbatazo de inicio.
Punto y seguido: Tuve un amigo que fue un severo artífice de las relaciones uno a uno. Podía presidir una tertulia o volver íntima una conferencia frente a mil personas, pero como nadie lograba cerrar el espacio de una conversación personalísima entre él y alguien más. Aunque fuera para discutir. Era en sí mismo como esas sillas que hay en los malecones de los pueblos frente al mar. Dos medios círculos encontrándose, tomados de las orillas. Ahí nos hacía un hueco. La conversación con él nunca empezaba en la nada. Desde el principio todo era perentorio, más aún lo trivial, lo que otros menospreciarían. Tenía, además, una virtud rara, era un hombre que podía conversar mientras veía el futbol. Eso sí, irrepetible. Se llamaba Germán Dehesa y la vida le gustó como a pocos. Hoy la hubiera pasado fatal viendo perder a España. Como tantos.
Punto y seguido: «No ganamos, pero no olvidamos. Sois irrepetibles, chicos». Escribió Míchel en El País. «Toca despedirse entre parabienes y sin reproches». Yo estoy más que de acuerdo con él. Ahora, al que no hay que perderse si uno quiere llorar de risa es al cronista José Sámano en su lacrimoso texto. «España fue el Titanic». Así empieza: «La España que más ha merecido un hasta siempre con todos los honores cerró su relato de hadas de forma espantosa, con un chasco mundial. Una pesadilla de campeonato para el resto de los tiempos.»
Punto y aparte: Menos tinta, señor, hay que decirle. Perdieron dos juegos. No le quitaron la vida a nadie, ni perdieron la guerra. Es más, diría Manu, nos dieron el gusto de evitarnos a Rajoy en el palco.
Música para hoy: ¿Qué tal el “concierto de Aranjuez? Y a ver quién encuentra la mejor versión.
