Pedir un deseo

Como ahora que tanto nos aflige, también el país parecía en vilo cuando María Luisa Ramos Sauri, mi abuela materna, cumplió 17 años. Era agosto de 1910 y el mundo en que ella había crecido estaba a punto de convertirse en un torbellino. Me robé de su nombre el apellido Sauri para dárselo a Emilia, el personaje drástico y audaz a quien puse a vivir y enamorarse de dos hombres al mismo tiempo mientras pasaba a un lado y por encima de todos la estremecedora Revolución mexicana. A uno de esos dos hombres Emilia lo buscó entre cadáveres al fondo de una barranca, donde iban cayendo los muertos de un lado y otro que dejaba la guerra en un desierto del norte mexicano. Cuando yo escribí ese libro hace treinta años creía que el país empezaba a cambiar para bien y la idea de una sociedad mejor en la que crecerían nuestros hijos y nietos parecía un sueño casi a nuestro alcance. Siento ahora que fue como vivir en los ojos de una lechuza que oteaba un horizonte promisorio. No pensé nunca en ese tiempo que yo viviría para ver cómo unas mujeres reales como su pena buscan a sus muertos, a sus hijos o sus parejas con el mismo dolor empecinado que entonces escribí como ficción. Me inclino con reverencia ante estas mujeres que ahora enfrentan la barbarie mientras la mayoría de nosotros hace el intento de olvidarlas para poder dormir sin llorar de vergüenza.

Entonces pienso en la mujer cuyo afán de paz rigió su vida, que era mi abuela materna. De otro modo, ella también se fue a dormir muchas veces absolviéndose de mirar el horror mientras el mundo iba cambiándole la vida. Ya dije que ella nació al final del siglo XIX. No he dicho que en el entonces lejano Teziutlán. Sus papás tenían un campo grande, no un latifundio, pero del que sin duda vivían bien. Una extensión de tierra clara en la que pastaba un ganado tierno y por la que ella y sus hermanas hacían excursiones durante las tardes de diciembre y enero.

Los demás meses del año tenían que vivir en la Ciudad de México porque sus padres habían previsto para ellas un futuro hablado en francés y las pusieron a estudiar en el Colegio del Sagrado Corazón, cuando María Luisa era tan niña que desprenderse de ellos fue perder la única inocencia que perdió alguna vez en la vida.

Mané, así la llamaban, tenía los ojos de un azul dócil, la nariz respingada y suave, la boca siempre dueña de media sonrisa, aun cuando la tenía cerrada en la cúspide de una pena.

Se casó a los 28 años con Sergio Guzmán, el hombre más guapo del mundo, según le aconsejó su mirada, una tarde de mayo. Él volvía de estudiar en Chicago lavando platos para pagar su carrera y era un dentista traído del frío al ardor de la tierra caliente, por la que viajaba deteniéndose a curar dentaduras en busca del primer dinero que necesitaría para poner un consultorio en la ciudad de Puebla. Usaba guantes y un abrigo de casimir que ahí nadie había visto sino en la ropa de los príncipes que vivían en países helados. Era un príncipe. Y ella lo veía azul, porque azul se volvía el aire cuando lo cruzaba.

Se casaron, tuvieron cinco hijos y algunas trifulcas. Ninguna que rompiera la sosegada conjura en que vivían.

Se emparejaron los hijos, nacieron muchos nietos. Todos juntos hacíamos una familia herméticamente empeñada en ser dichosa. No se permitían el tiempo ni para imaginar una contradicción. Sin embargo, las tuvieron, una más grande que cualquiera, pero aún con ésa sobrevivientes, regidos por la sentencia que ella aprendió de su madre: la vida se trata de cerrar los ojos y abrir las manos. Todo lo demás está hecho de rencor y rencillas. No vale la pena detenerse en eso.

Mané tuvo un infarto cerebral cuando apenas llegaba a la segunda mitad de sus años sesenta. No era muy vieja, pero ya se veía una dama entrada en edad de treguas, con el pelo canoso y la figura de quien no cuida su figura. Eran otros los tiempos. Seguía siendo bonita y ni un ápice de su eterna candidez perdió cuando el dolor la tomó por sorpresa. No se lamentó jamás, no supo lo que era el chantaje ni el melodrama ni la mala lengua ni la queja de sus sinsabores.

Aprendió a entretenerse sin molestar. Hacía dibujos con un lápiz, jugaba cartas y ajedrez, creía en las novelas, enseñaba cocina a sus nietas y a conversar a quien quisiera darle alas. En las tardes exigía una partida de ajedrez con su marido, que hasta el último de sus días le pareció el hombre más guapo del mundo.

Cuando, para asombro de todos, él murió antes que ella, mi abuelo tenía 85 años. Aún conservaba los hombros altivos, las palabras precisas y una destreza para usarlas con ironía que algunos de sus nietos heredaron tan cabalmente como otros heredaron la tenacidad de su abuela.

Nadie hubiera previsto que él iba a morir antes, pero así fue y ella, menos que nadie, pidió la compasión de alguien. Siguió viviendo sin un día de tregua.

Quince años antes de terminar el siglo XX, un domingo de agosto, la familia se reunió para celebrarla. Estaba cumpliendo 87 años la tan querida abuela que llevaba veinticuatro en una silla de ruedas.

Se reía al pensar su edad. Dijo sentir que apenas había empezado a ser joven: si cerraba los ojos era niña y, de repente, se le estaba acabando el camino con todo y su transparencia. Ella que creyó en Dios y en la vida eterna, tanto como nunca creyó en eso su marido, me dijo una tarde de junio, mientras yo me callaba el escándalo que le hubiera dado saber lo que era mi existencia en la endiablada capital de nuestro país: “Yo no quiero que me lleve la pelona. Porque de aquel lado nadie ha vuelto. Y me gusta vivir en éste”. Le di un beso y sentí la compasión que aún nadie me brinda. Espero que porque aún no la merezco, por más que mis pies anden ya en el tiempo destinado a desear que falte mucho para que nos alcance la pelona.

Desde que se casó Mané, había usado un anillo en el dedo anular que tenía forma de pepita y estaba hecho de pequeños brillos. Nunca se lo quitó. Ni cuando estuvo muy enferma en el hospital ni durante los años que pasó quieta, día tras día, sentada en un cuarto con las paredes pintadas de azul, los sillones tapizados de azul y los muebles pintados de azul al que, para evitar la menor duda, llamaba “mi cuartito azul”. Ese domingo los ojos claros que le acompañaron la vida no habían perdido ni un ápice de su integridad, pero estaba cansada.

—Pide un deseo —le dijeron los nietos tras prender las velas del pastel.

Ella se quitó el anillo y lo dejó cruzar alrededor de la flama.

—Quiero una buena muerte —dijo y sonrió como disculpándose por andar pidiendo necedades en una fiesta.

Murió tres días después, mientras dormía, bajo la paz de una madrugada azul como todo lo suyo.

Ángeles Mastretta

Escritora. Autora de Yo misma. AntologíaEl viento de las horasLa emoción de las cosasMaridosMal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos

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Publicado en: Puerto libre

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