«Yo no presto mi escalera»

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Como un homenaje a esta vocación por conversar que, más que en ningún lado, despliego en Puebla, —porque la familia conoce el origen del origen y uno es capaz de volver ahí mil veces—, yo soy una buena escucha. Mis muy cercanos se preguntan siempre cómo hago para que una persona me cuente, apenas conocerme, las cosas más inusitadas y, sobre todo, las que menos les cuenta a otros.
Yo en Puebla escucho como quien reza. No puedo creer lo que oigo y mientras esto confieso veo cómo al jalar una hebra viene detrás la madeja completa con todas sus vueltas. Las mejores historias son las de quienes existen en mi imaginación sólo como los niños que fueron. Porque yo he ido creciendo, pero ellos no. Ellos siguen intactos en el orden de mi cabeza. Así que me cuesta creer que hacen las cosas que van haciendo los adultos. Enriquecer, empobrecer, enamorarse, divorciarse, enviudar, quedarse huérfanos. Me cuesta imaginar que el niño con las agujetas deshilachadas que vi salir del colegio tras uno de mis hermanos, ahora sea dueño de quince edificios y que tal vez el dinero que tiene es el que les lava a los políticos o a los narcos que ahí no hacen ruido, pero sí van de compras. Tantas historias. Las mejores son las que hacen reír y las que hacen reír son casi siempre sencillas.
Mi cuñado adora las herramientas. Disfruta usándolas, tiene muchas, pero ninguna presta. Según sé ahora, menos que ninguna su escalera. Un sábado él y mi hermana montaron un espectáculo verbal fascinante en torno a la urgencia de podar una hiedra. Mi hermana consiguió un jardinero temporal con el que emprendió una poda de árboles, regenerativa y necesaria, según ella, y peligrosa según su marido. La contundencia con que ambos defienden sus argumentos, a favor o en contra de la poda, es siempre inapelable. Oírlos en esas disertaciones es como ver jugar tenis a las hermanas Williams: siempre quien tiene la palabra parece ser quien va ganando. Y ambos son capaces de trenzarse en unas discusiones que pudiendo durar cinco minutos llegan a prolongarse durante días. Creo yo que por puro entretenerse. Sin duda para entretener a quienes los escuchamos. “Yo no presto mi escalera” fue la inamovible réplica de mi cuñado a la solicitud de que semejante instrumento fuera usado por alguien más. Mi hermana dio todas las razones por las cuales urgía podar la enredadera que decidió extenderse por las ventanas. Aun así, o por eso mismo, mi cuñado no presta su escalera. Una escalera que según mi hermana se despliega como un telescopio y alcanza alturas envidiables que nunca alcanzará la suya. ¿Cómo es que cada quien tiene una escalera? se preguntan los incautos, en este caso yo. Porque una, ya chica y vieja, es de la casa, y otra del tesoro de herramientas que sólo pertenecen al señor de la casa. Y él no presta su escalera. ¿Razones? Al oírlo hablar, uno diría que dan para un libro. Pero al oír a su mujer caben en una palabra.
Tras semejante juego, ella me llevó a Puebla, porque su casa está en una loma que era páramo y ellos han reforestado hasta dejarla hecha un jardín en las afueras de la ciudad, y la de mi madre está junto al río, en lo que alguna vez fue afuera y ahora es el centro de la nueva ciudad. Durmió conmigo y la conversación se prolongó hasta la medianoche y luego durante todo el día siguiente. Como si nos hubieran faltado las palabras, después de un rato de haberse ido llamó para seguir la conversación. ¿Y qué me dijo? Una noticia buena y una mala. La mala ya tuvo remedio, y la buena también: mi cuñado le iba a prestar su escalera. Él aún no lo sabía, pero todo indicaba que se la prestaría.

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Publicado en: Puerto libre

4 comentarios en “«Yo no presto mi escalera»

  1. Un solaz completo me significa leer sus crónicas, cercanas, familiares, muy suyas. Es y ha sido un privilegio estar cerca de su escritura, me ha permitido conocer mucho más a una grande de la escritura mexicana. Mil gracias.

  2. Sra. Mastretta, con mucha pena veo que usted me ha bloqueado en twitter Mi arroba es @MelyGMolina . Le suplico me diga si en algo la he ofendido, pues nada mas lejos de mis intenciones. Desde que la «descubrí» en twitter la he seguido y me fascina leer este su blog, el que disfruto enormemente, al igual que sus libros de los cuales he leido algunos.. Me extraña sobremanera que me haya bloqueado, y de antemano me disculpo si algo de lo que dije ya sea en alguno de sus artículos aqui, o en algun tuit la hayan ofendido, lo cual de verdad me daría mucha vergënza. Le reitero mi admiración y mis disculpas. Imelda Germán Molina.

  3. Me encanta la fluidez de las palabras,esas que te transportan a la escena y te hace sentir protagonista de la historia. Felicidades señora Mastretta orgullosamente poblana.

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