Un día de 1993, fui con Rosario y su papá a comprar un piano para nuestra casa. Era la cuarta vez que visitaba la tienda de venta, renta y consignación de pianos suspendida en medio del ruido atroz que hace el eje vial donde antes estuvo la Avenida Tacubaya.
Era una especie de gran vitrina, un cuarto encristalado en el que los pianos de cola se codeaban presumiendo su alcurnia y enseñando sus teclados a la escéptica banqueta por la que sólo cruzaban los sonoros arpegios de uno que otro albur.
Entonces Rosario era tímida y febril como una heroína del romanticismo. Ese día, en la tienda, tocó, en el piano de más noble estirpe, el primer movimiento de una dificilísima sonata de Bach. A la ella de entonces me la he guardado así, entera, con todo y su música, su melenita despeinada y su gesto afligido. De repente se detuvo, quitó las manos de las teclas y nos miró: faltaban dos semanas para su examen de ingreso a la Escuela Nacional de Música.
En el salón de atrás de la tienda, amontonados como trebejos en la penumbra, vimos varios pianos verticales, algunos de abolengo. Estaban como durmiendo, aburridos de mirarse y ser vistos igual que si sólo fueran muebles, como si no trajeron dentro los sueños y el delirio de quienes hicieron música con ellos.
Ahí nos encontramos al Zeitter Winkelmann del año 1912. El año en que nació Ionesco, el año en que Picasso pintó «El violín», el año en que Ravel terminó Dafnis y Cloe, el año en que se hundió el Titanic, el único año completo que gobernó México Francisco I. Madero. El año en que nació mi padre y se terminó de construir la primera versión de la casa en que aún vivimos.
Cualquier año es bueno para nacer, todos acarrean prodigios y desventuras. El papá de Rosario compró el piano para nuestra casa, y yo lo bendije. ¿Quién me iba a decir a mí que alguna vez tendríamos un piano?

A mí no me importa que me vuelvan a contar las historias que me gustan. Y esta me gustó.
Besos, Ángeles.
ESta historia es viejita. Ya la había yo contado hace mucho. Pero me parece linda. Por eso la repito, Por eso y porque, con la edad, uno, (una se oye muy pedante aunque Ricardo Bada que así digamos las latinoamericanas), se vuelve reiterativa. ¿Verdad? Que lo diga si no mi hija Catalina, quien, con mucha suavidad, mueve la cabeza cuando le cuento una historia que ya le conté.