Recordé un fragmento del diario que mi abuela le fue mandando a mi hermana, cuando ésta andaba estudiando fuera. María Luisa Ramos, mi Mané, vivía, tras una embolia cerebral, en su silla de ruedas: sonriente, curiosa, detallista y serena.
Reproduzco sus palabras:
Por entonces se temía que entraran los rebeldes a Teziutlán. Mis papás estaban alarmados. Como se comentaba que se robaban a las muchachas, mi mamá temblaba por nosotras. En el zarzo de mi casa había una caja de piano vacía. La disimulamos con cartones y costales. Ese sería nuestro escondite en caso de necesidad.
Mientras tanto, entre las duras y las maduras, pasábamos el tiempo al acecho de diversiones. Me habían salido, además de tu abuelo, que era el más guapo y simpático, pero no era del pueblo y, por lo tanto, me daba desconfianza, otros tres pretendientes. Un español de rostro muy colorado que me hizo un verso y me mandó un cajón de madera lleno de distintos dulces. Decían que con él no me faltaría nada, pero él no me gustaba. El otro era Periquito Medina, muy tímido y muy meloso. En los bailes me decía: “Es usted la reina de la fiesta, Luisita”. El tercero era Miguel Cavada, guapo y con unas hermanas muy bonitas, pero a ése decían que le olían los pies.
—Abuela —le preguntó mi hermana en su carta de respuesta—, ¿pero tú viste la Revolución?
—No sé —dijo la abuela—. Yo en esos años me estaba casando.

¡Ay sí!… ¡Qué pregunta! ¡de veras!
(Está de colección)
Jaja!! Muy buena respuesta la de la abuela,ella estaba a lo que estaba..