Quiero jugar

Quiero jugar a las montañas, a los pájaros, a que soy un perro con una mosca en la oreja: trémulo y enojado: olvidadizo. Ya no se acuerda qué lo molestaba, ahora intenta salir a la calle y olisquear las orillas de los árboles, en busca de no sé qué aroma inolvidable.
Quiero jugar a que no pasa nada, no pienso nada, nada recuerdo, nada temo y todo me da risa.
Quiero jugar a que el tiempo no se ha ido como arena, a que voy al colegio, ando descalza, no son mentira las tardes en el río. Jugar a que no sé sino este canto, este lamento, esta gana de ser lo que sí soy.
Quiero jugar a que aprendí a coser, a que sé cómo se toca una sonata de Beethoven, cómo se escucha a Mozart, cómo se teme al mar, cómo se tatúa el viento, el sembradío de gladiolas, las noches junto al lago, el fuego en esa hoguera que prendimos cuando aún no hacía frío.
Quiero jugar a que no es mi cumpleaños, a que fue mi cumpleaños, a que mi madre me regaló un burro gris que rebuznaba al jalarle un resorte.
Quiero jugar a que íbamos donde vendían las luces de bengala, jugar a que un globo de papel prendía por fin su luz llena de abejas, y se iba para el cielo sin voltear hacia atrás.
Quiero jugar a que un día no sabré mi nombre. Ni el de mis más queridos. Quiero, como a ninguno, temerle a semejante juego. No quiero jugar al olvido, a ese le tengo miedo, a eso juega mi tía con casi noventa años, diciendo que, en su familia, nadie hace huesos viejos. Olvidando que tuvo dos hijas, muertas como verdades infalibles. Quiero olvidar así, para no recordar lo que no quiero.
Quiero jugar a que vive mi padre y anda conmigo y mis hermanos esperando que su mujer traiga la sopa. Jugar a que no fue a la guerra, como sí fue Mambrú, el héroe con que dormí a mis hijos tantas noches. Quiero cantar: no sé cuándo vendrá. Quiero jugar al cine, a los seis años, a que forro los libros en quinto de primaria. Y quiero desnudarme y ser divina. Que me manden las rosas de los años sesentas, la música y el alma de aquel músico. Quiero jugar a que me arrastra el viento, me hunden las olas, me recobra un pez. Quiero dulce de coco y un volcán y tres noches, como tres carabelas. Quiero que vuelva el sueño en que soñó Mateo que yo era azul marina. Quiero jugar a que si está nublado nos quedamos en cama viendo la tele, a que la diosa Cati se pone los anteojos en Los Ángeles para mirarnos desde allá, mirándola desde aquí.
Quiero jugar a que me quiso quien no me supo y saber que me quiere quien me sabe.
Quiero jugar a que no existe el mes, ni estoy para escribir nada cuando sólo quiero escribir: no sé, no entiendo.
Quiero jugar a que el mundo tiene alas, resuelve crucigramas, bendice los enigmas de quienes se preguntan qué hacer con sus finanzas y sus penas.
Quiero jugar a que sabía de rimas y poesía lo que sabe quien escribe sin firma en la página que antecede mi página. Quiero que un novelista me recuerde y que no haya en el mundo ni en mi patria, menos aquí en mi patria que en ninguna, una sola mujer capaz de concederle su elección a un señor. Y no quiero jugar a que no me da pena que existan estas hembras y estos hombres. Quiero, sí, irme de compras a la luna y encontrarme una tienda en la que vendan voluntad, síntesis, concentración, premura, certidumbres. Todo lo que no tengo para jugar a eso que juegan esos que sí tienen todo eso.
Quiero quedarme quieta, con el aliento en vilo, bajo la sombra de quienes me abrazan. Quiero jugar a que no es octubre, a que vivo viva, sin arrepentimiento y sin angustia. Como viven el sol y los cometas, como duermen los animales y las plantas, la espada de Damócles y los años que sigan a estos años.


13 comentarios en “Quiero jugar

  1. Spring in the rest of the world is a riot of blossoms and gentle warmth. In London, it’s a tense negotiation. The daffodils bravely push through, a bright yellow «V for Vendetta» against the grey. The trees get a faint, green haze. And then, without fail, we are hit by «The Ides of March Gusts,» a series of gales that seem personally offended by this show of life. It’s a battle between optimism and entrenched dampness. A truly warm April day is viewed as a meteorological error, soon to be corrected by a «return to seasonal norms,» which is code for «put the heating back on.» London spring is less a season and more a propaganda campaign by the gardening industry. See more at London’s funniest URL — Prat.UK.

  2. Blimey, that article on the state of the railways hit a bit too close to home. Laughed through the tears of recognition. This is proper UK satire – it stings because it’s true. You’ve captured the national mood of bemused resignation perfectly.

  3. Furthermore, the site’s aesthetic is one of impeccable sterility. There is no emotional frenzy, no partisan spittle-flecked rage. The design of prat.com is clean, the prose is clinical, and the tone is that of a disinterested auditor. This cultivated sterility is the perfect petri dish for growing absurdity. By removing the heat of anger and the fog of sentiment, the pure, ridiculous shape of the subject matter is allowed to grow in isolation, displayed under the cool light of logic. This approach is far more devastating than any rant. It implies that the subject is so inherently foolish it doesn’t require embellishment or heated opinion; it merely requires calm, factual exposition to reveal its own joke. The laughter it provokes is the clean, sharp sound of truth being recognized, not the messy roar of catharsis.

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