Exponer la intimidad, soltarla, nos ha dado libertades y derechos de búsqueda que no existían. Hasta los muebles de nuestras casas tienen un movimiento y una naturalidad que no tuvieron antes. Las recámaras de los niños de mi infancia eran para dormir y estar enfermo, no para ver la televisión, cenar, jugar Nintendo, recibir a los amigos, brincar en las camas y firmar las paredes, como han sido las recámaras de mis hijos.
Sin embargo, tiene razón Cristina Martin, aún estamos inermes frente a la intimidad.
Sepamos cuanto creamos saber, hayamos visto en la vida y el cine todos los cuerpos desnudos y brillantes que no vieron nuestros abuelos, la intimidad es otra cosa y, de cualquier modo, nos arrasa. Al enfrentarla, quienes ahora son jóvenes, tal vez estén tan inermes como nosotros.
La intimidad, ese monstruo mezclado de hadas, pasa por el amor y, por lo mismo, pasa por el desasosiego, pasa por la memoria y sus acantilados.
La intimidad, no importa cuánto la nombremos, siempre será un abismo capaz de ponernos frente a lo impredecible. Siempre será necesaria una clave mágica para abrir ése sésamo y entender sus tesoros.

«Entender sus tesoros». Es ahí donde está la clave y no siempre se encuentra.
Mi intimidad, en un elevado porcentaje, la comparto gustoso con mi familia y con mis amigos. Creo que es un ejercicio arriesgado, porque a veces me deja con las vergüenzas al aire, pero al mismo tiempo remunerador: es mucha la retroalimentación que recibo, de gente que lee mi diario y se da cuenta de que todos estamos hechos de la misma masa, y de que aquello que les parecía harto personal resulta que lo comparten conmigo, y en consecuencia quién sabe con cuántos más. Eso sí, hay un pequeñito porcentaje que no sale de mi sancta sanctórum y que no se lo confieso ni al lucero del alba.
Yo celo tanto mi cuarto que hasta mis íntimas amistades saben que deben avisar si van a entrar.