¿Quién quiere la experiencia? ¿Quién querría ir envejeciendo sin enojos? ¿Quién ir hasta la madrugada sin el anochecer? ¿Quién librar el dolor pero al tiempo las dichas, altas y breves, como una jirafa? ¿Quién perderse los gallos de un hallazgo a cambio de una luz perdurable? ¿Quién saber que el asombro lastima, que no es sólo cascada, luminaria, pez azul bajo el agua de la nada? ¿Qué flojera de perros, de ballenas, de abejas después de la batalla, calma la luz de quienes quieren guerra? ¿La experiencia? ¿Lo que perdura? ¿Qué duele menos las pirámides o la curiosidad? ¿La catedral o las dudas? ¿El mar o las orillas de los ríos? Apreciamos los leones, las fogatas, la distancia. ¿Para qué la experiencia? Esta loza lenta que aconseja a quien no quiere oírla. Este recelo que hace alarde de su tedio. Este no temblar, este aburrido delirio. ¿Quién quiere que le regalen la experiencia? Nadie que no la tenga la quiere y sin embargo, tenerla es como andar a la sombra de una luna, a la luz de una fuente. Sin caerse, sin temor y, ojalá, sin hartazgo. ¿La experiencia? Si ha de llegar así, como nos llega, es mejor ni dejarla pasar, ni maldecirla. ¿Esta ceguera iluminada es la experiencia? Esta delgada nitidez, esta montaña pálida, este asombro de siglos: ¿la experiencia? Este ya no temblar porque es siempre que tiemblo: ¿la experiencia? ¿Es que se paga cara? ¿Es que nos paga con su estirpe de animal, de monstruo, de hadas, de asombrosa lujuria, de canción? La experiencia. Qué dolor y qué alivio. Qué sembradío, qué pájaros, qué agua sobre los puentes, qué caja de extrañezas y pañuelos, qué agonía, qué sonrisa, ¿qué más puede quererse que tanto se aborrezca? La experiencia. Este ángel, este diablo, esta tenacidad, esta paz de agua en agonía. Con gusto se regala pero nadie la quiere. Esta serenidad del mediodía, no la quieren ni el aire ni los asnos. Sin embargo nos llega: inevitable. La experiencia. Esta sonora fantasía de tantos. Este silencio que llega para no irse mientras tengamos memoria. La experiencia, este regalo que nadie nos pide y de nadie aceptamos.
Mis respetos Sra,Angeles Mastretta.
Aunque quisiéramos las experiencias ajenas no nos servirían de nada.
¡Qué maravilla de escrito!
Gracias, Ángeles.
mil gracias !!