Don Lino trabajó a mi lado veintidós años. Desde el principio vi en él a un hombre extraordinario, pero entre más tiempo pasa más me lo parece. Llegó a mi casa casi por casualidad. Aunque hay quien dice que nada es casual. Yo andaba buscando casa. Quería comprar una muy barata y luego remodelarla a mi gusto y mi tiempo. Siempre he sido fantasiosa, pero con las casas lo fui aún más. Los primeros años de vida conyugal los pasamos en un departamento en la colonia Condesa, hoy célebre y entonces un rumbo alegre con el que nadie se metía. Luego, contra toda mi intuición, nos mudamos al sur de la ciudad. Tres años después de vivir ahí, seguía yo sin hacerme al ánimo de que ese fuera mi rumbo. Mi trabajo, muchos de amigos, mis quehaceres, quedaban de este lado. Por eso me empeñaba en volver. Así que puse un mensaje en el puesto de frutas de mi mercado, que seguía siendo el mismo de siempre, pidiéndole a quien supiera de una casa por este rumbo que me lo dijera. Don Lino, que trabajaba como chofer, me llamó para contarme que él había visto varias y que si yo quería me enseñaba en dónde. Todo esto en su muy particular uso del castellano. Era y es un campesino que llegó a la ciudad siendo muy niño. Ni recordaba a su papá. Sí a un tío al que según él mucho le debía porque supo pegarle a tiempo y educarlo.
—¿Cómo dice usted eso? —pregunté.
—Lo digo porque lo digo porque así fue.
Con algo así empezó nuestra primera conversación, mientras íbamos en busca de una casa según él buenísima, según yo impensable.
—¿Y no sabe usted de un trabajo? —me dijo.
—¿No tiene usted uno?
—Sí, pero es malo. Ya lo quiero dejar.
Le dije que no sabía de ninguno, pero que le indagaría. Y nos despedimos con la rara seguridad de que volveríamos a vernos.
Al poco tiempo yo tuve un achaque raro, llamado, ahora que somos políticamente correctos y no queremos acusar a nadie de histérico, síndrome neurocardiovascular y entonces síncope vaso vagal. El resumen es que de repente el suelo se abría a mis pies y perdía el mundo unos segundos. Suficientes como para matar y matarme si hubiera yo ido manejando. Arráncame la vida estaba vendiéndose inesperadamente bien y llamé a Don Lino para ofrecerle trabajo.
—¿Qué quiere usted? ¿Una persona útil o un chofer de portezuela? —me preguntó.
—Una persona útil —le dije segura de que era él a quien yo necesitaba. No a un señor de traje y corbata que me llevara de compras, sino a una persona platicadora y entusiasta que me acompañara al trabajo mientras yo recuperaba la geometría y acababa de aceptar que el piso era abajo y el cielo arriba. Se quedó con nosotros. Y se volvió uno más en la familia. Para todo: don Lino. Distraído, o ensimismado en sus asuntos, que no eran siempre los míos, Don Lino vivió trabajando doble jornada. Porque se hizo de un taxi y lo manejaba medio día. El otro medio estaba conmigo. Así pasamos veinte años. Hasta que hace cinco lo vi tan cansado que le propuse una jubilación y la aceptó.
—De ahí se me vinieron todas las calamidades —me dijo hace poco que estuvo de visita. Yo no le tomé la palabra porque él llevaba quince años enfermo de diabetes, curándose con un hierberito de Aguascalientes o con un médico de por aquí según fuera viniendo al caso.
No lo vi bien, pero platicamos un rato, intercambiamos solicitudes y se fue contento.
Lo pienso con frecuencia, pero justo ahora me lo encontré en mi anecdotario de hace unos años. Andaba yo vagabundeando por mis archivos y me dio por ir al febrero del 2005. Justo apareció esto en los primeros días del mes: “Hoy se fue don Lino formalmente. Me da tristeza. La verdad es que ya peleábamos mucho porque él está cansado y anda en la luna, pero, de Don Lino puede decirse el mejor elogio: ‘yo con él no me he aburrido nunca’. Ayer todavía fue por mí a Puebla, y ¿con qué me salió? Con que se había muerto un pariente el sábado, en Tlaxcala, y que él no había podido estar cerca de su cadáver porque tiene una cortada en la pierna y le habían dicho que a la gente que se pone cerca de un muerto cuando trae una cortada, ‘le puede caer cangrena’ ¡Cangrena! ¡Qué palabra inventó! Siempre que se pone técnico dice y hace cosas así. Hoy le di su gratificación según la ley más otro poco y un redondeo. Se fue contento. Más querría yo darle. Lo que Lino ha hecho por esta familia, además de ayudarme a hacer los berrinches que no hago frente a nadie más, es muchísimo”.

Yo me acuerdo de ese Don Lino. Iba al baño siempre antes de salir. Y recuerdo también que Doña Angeles decía por ello -A este lo educó mi suegra-…
Esta mañana que me he levantado un poco «mustia » esta ha pasado en cuanto he leído este delicioso artículo de Doña Angeles y de D.Lino.