Nueva York con luciérnagas

No soy de los que vieron Nueva York en el cine y la ambicionaron enamorados desde entonces. Soy de quienes le temieron al principio, de quienes por primera vez la pisaron con reticencia, negándose a la entrega. Soy de quienes, poco a poco, pero para siempre, cayeron en el abismo de sus encantos, enamorándose del lugar con una mezcla de fervor adolescente y deliberada pasión adulta. Fue hasta después de visitarla por días y vivirla semanas durante varios años, que de verdad la dejé entrar avasallante y bellísima, tenue al amanecer, embriagadora por las tardes y despierta cuando la noche llega desde el Atlántico, abrazándola a pesar de cuanto se defiende con millones de luces y ruidos y almas apresuradas cubriéndole el corazón que tiene tibio como si anduviera siempre en amores.
Una vez, con la primavera incipiente cruzada de lloviznas, con el cielo nublándose hasta impedirnos la luna, con un frío de diciembre mexicano, consiguió rendirme a la veneración de sus luciérnagas y hacer que de repente no sólo esos días, sino muchos otros de los que la viví creyéndome a salvo de sus encantos, se volvieran significativos y tomaran mi ánimo con el hechizo de su aparente indiferencia, de su vocación de anonimato, de su mentiroso litigio con la idea de que cada persona es irrepetible porque como pocos lugares respeta la certeza de que cada persona es única y por lo mismo irrepetible, original, preciosa.
He escrito muchas veces sobre el encanto y las luciérnagas de Nueva York. Escribí también la tristeza, la solidaridad y el dolor que me dio ver sobre ella la desgracia del once de setiembre del dos mil uno. Hoy quiero sólo recordar a esa ciudad de tantos, con las alegrías que nos ha dado a tantos: haciéndonos reos de su estirpe y su memoria, amigos y compatriotas aunque de tan distintas patrias lleguemos. Hoy quiero bendecir sus calles y su gente. Sus parques, su pasión, su locura. Su inexorable belleza trastornada.

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Publicado en: Puerto libre

6 comentarios en “Nueva York con luciérnagas

  1. Manu es una lectora excepcional y una entrañable amiga española. La conocí por medio del otro blog, el que tuve en El País. Está llena de cualidades, pero no se sube a un avión ni llevada en vilo, por eso no conoce tantas cosas. Y ¿sabes, Manu? No hace falta.

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