Nieve de Nueva York

Vuelvo con una estrella en la frente. Casi siempre, la felicidad no se busca, se encuentra, pero esta vez fuimos a Nueva York, tras ella, y nos encontró buscándola. El martes amaneció nevando. La blancura que había empezado a derretirse volvió a brillar desatada y Catalina se fue a andar la calle antes aún de que nosotros despertáramos por ahí de las nueve. Llamó para decir que podíamos vernos para desayunar en un lugar que brilla de cristales y antigüedad y allá fuimos en mitad de la ventisca. Héctor incapaz de creer que semejante desgracia le estuviera pasando. Él nació junto al mar y esto de la nieve no le parece ni lujoso, ni romántico, ni bonito. Yo creo que debí comprarle ropa térmica, pero como no lo hice, volvió al departamento a leer viendo por la ventana. Nosotros nos fuimos al Museo Metropolitano. Lo caminamos como porque sí. De un lado a otro y sin rumbo. Pasamos de los egipcios a los impresionistas y de ahí a un salón con armaduras de tantos tipos y tamaños que no fue sino para pensar en lo loca que ha estado la humanidad desde siempre. Sacar a los pobres caballos, cargados de hierro, con unos picos en la frente cargando a sus furiosos dueños encasquetados era una estupidez digna de la que han heredado. Pero no vamos a mal soñar hacia atrás, porque no sé cómo dimos con una estatua de la primera época de Miguel Ángel, que está prestada al museo por un tiempo. Bellísima. Siempre es más difícil imaginarse haciendo una escultura, que pintando. No que yo fuera a ser buena en ninguna de las dos materias, pero sacar a un hombre de una piedra, sí me resulta impensable. Por últimos nos fuimos a ver nevar bajo el techo de cristal en el que duerme el hermoso Templo de Dendur, desmontado por orden del gobierno egipcio para salvarlo de la inundación que provocaría la presa de Asuan y donado al Metropolitan que lo reconstruyó, pieza por pieza, rodeándolo de un espejo de agua y cubriéndolo de inmenso ventanales con vista a Central Park. Una locura con la que este martes sagrado ganamos nosotros, los muchos que nos sentamos junto a las piedras a ver nevar mientras tocábamos el cielo. Había en el recinto iluminado un rumor de paz que se nos quedó en el cuerpo todo el día.
Salimos de ahí a caminar por el parque pisando la nieve nueva.
Punto y seguido: No íbamos solos, tampoco había multitudes. Ningún turista, creo, porque casi todos los que vimos andaban paseando a sus perros. Habían un pastor inglés, de plano echado en la nieve como si fuera hierba.
Luego nos fuimos a comer ostras a la Estación Central. Y en la noche a ver “El Cascanueces”. Con la coreografía de Balancini. Una belleza.


12 comentarios en “Nieve de Nueva York

  1. Querida Ángeles, si que ha sido un viaje bonito, lugares bien escogidos y el privilegio de ver nevar. Es bello cuando no tienes que pasar cinco meses viendo nevar!

  2. Qué maravilloso oir el crujir de la nieve bajo las botas y, contemplarla caer junto a unas piedras, que en su lugar de origen, jamás vieron la nieve.

    Una armadura, como la que viste en el museo, le costó la vida al caballero castellano don Martín Vázquez de Arce (más conocido como el Doncel de Siguenza), en el verano de 1486, al caer, caballo y caballero, a la acequia gorda del Genil que riega, lo que queda, de la vega granadina. La pena es que también pereció el caballo.

  3. Gracias Angeles por la recorrida neoyorquina que pude hacer por tu vivido relato, ostras incluidas, que jamas comi pero que no dudo de su delicioso sabor.

    Colapse con el ballet, y si la coreografia era de Georges Balanchine debio alucinar!

    Un viajecito bien disfrutado. De punta a punta.

  4. Buenos días Ángeles querida,

    Precioso todo lo que escribes y describes.

    Mi Viejo aborrece el frío…. Y él nació en él…!

    Cuando llegamos a Oaxaca o a Mérida (en tiempo de calor) yo me marchito y él florece resplandeciendo y … viceversa.

    Mil cosas tienen los Gringos que les admiro. Entre ellas, y como magnífico ejemplo, está el Templo de Dendur (cuando yo fui estaba cerrado al público pero alcancé a verlo, al menos, por una rendija entre páneles. Y, por otro lado, por más que trataron, no lograron rescatar dos budas monumentales hechos polvo con dinamita a manos de los Talibanes. Lástima nos los perdimos todos.

    Así han salvado, piedra por piedra decenas de monumentos, monasterios, iglesias, obras de arte olvidadas. Y las han «tele transportado» hasta su maravilloso territorio y gracias a ello tantos podemos conocer.

    Lo único que si me brinco de tu viaje son las ostras…. Sí me las como… Pero mejor en sopa, caliente y gratinada…. Manque engorde!

    Un beso, bienvenida a nuestro invierno mexicano y felicidades.

  5. Sé una cosa más que haré cuando vaya a N.Y. Ir a ver nevar bien protegida bajo el techo de cristal que cubre el templo de Dendur. !Hay que soñar!

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