La nave Italia

Siempre me acompaña la memoria de la migración a la que pertenecieron algunos de mis antepasados. Ahora que veo con dolor y vergüenza el trato que México les da a los migrantes que lo cruzan como a un aro de fuego, no sé ni cómo me atrevo a decir que también en mi ascendencia hubo una herida.

Muchos de quienes llegaron a México hace unos ciento cincuenta años iban camino a otra parte, pero se quedaron aquí. Eran gente que se atrevió a dejar su país para trabajar en un mundo que también encontraron en vilo, del que no se movieron a pesar de una revolución que les recordaba el temor del que habían escapado. Gente que quiso volverse mexicana, habitantes de un mundo que les era extraño, pero que no los persiguió ni lastimó; a cuyas costumbres y querencias se habituaron con alegría y en el que sembraron a sus hijos y sus nietos con el deseo de que aquí hicieran su vida y sus milagros.

He contado ya que mi abuelo, el italiano, quiso todo eso para todos sus descendientes, menos para el que llevaba su nombre. Un muchacho llamado Carlos Mastretta, en servicio de la lengua castellana que su padre no entendía bien y a quien no le importó perder la “n” del Manstretta que nadie pronunciaba, pero que nunca supo que la doble “t” no existe en este idioma del que él sabía tan poco, y al que sus nietos hemos sabido reverenciar.

A los 17 años, Carlos pasó a llamarse Carlo, a adquirir el Manstretta y a emprender un viaje largo hacia un lugar del mundo del que sólo sabía una ensoñación. Llevaba con él una tarjeta con la que se le registró, en Veracruz, como italiano, porque al parecer en 1929 pesaba la palabra más que un papel y su papá, en esos días un ingeniero reconocido, dijo que lo era. Italiano y punto.

Así quedó registrado a partir de entonces. Así subió al barco que lo llevaría a Italia, cargando un mandato que siguió con la misma lealtad absurda con que se lo pidieron.

Durante muchos años, toda su educación en Italia y sus varias estancias en México, vivió con la espada de Damocles de que tendría que volver cada mes a migración por otro permiso para seguir aquí, en México, el país en que nació.

Qué cosas más raras puede hacer el destino. Algunas tanto como que este muchacho, con dos nombres y una confusión heredada, tuviera la peregrina idea de volver a Italia, en busca de quién sabe qué, tres meses antes de que ese país entrara a la pesadilla que fue la Segunda Guerra Mundial.

Ahí, al menos eso conozco, su familia perdió su rastro. Supo que lo llamaron al ejército, no volvió a saber más sino hasta finales de 1945.

Nosotros, los hijos que tuvo tras casarse con la hermosa y cabal mujer, doce años menor que él, que fue nuestra madre, tampoco supimos más de lo que le pasó en esos años.

Seguimos sabiendo muy poco. Tenemos, eso sí, el raro testimonio de un último documento que lo reconoce como italiano.

Con fecha 16 de enero de 1946, mi papá se hizo de un pasaporte de tapas azules con el que pudo subirse a un barco y traer de vuelta a México el apellido que olvidó al llegar. Traduzco lo que se lee al abrirlo: “En nombre de su Alteza Real Umberto di Savoia, Príncipe del Piamonte, lugarteniente general del Reino de Italia, el ministro para los Asuntos Exteriores expide el presente pasaporte al señor Manstretta”. Así, sin nombre propio y sin más. Después siguen firmas y una foto de mi papá muy elegante, de seguro tomada antes de la guerra, porque cuentan que cuando llegó a México era un hombre demacrado y exhausto, como debieron ser todos los sobrevivientes.

Carlo Manstretta salió de Génova al principio de 1946 y no regresó jamás a Italia. Volvió a llamarse Carlos Mastretta Arista, desde entonces y para siempre. Había pagado la deuda que su papá sentía para con el país en que nació. Un tributo que desde nuestros ojos parece idiota, pero del que nunca se quejó.

Su hermano, el mayor, Marcos, nombrado así en honor al padre de mi abuelo, y con todos los derechos que daba la primogenitura, quizás también el de quedarse en México, había ido por él al Puerto de Veracruz. A primera vista, metido entre la gente, no lo reconoció. Le faltaban unos dientes, llevaba una vieja maleta amarilla, una máquina de escribir y un cansancio de siglos. Por dentro, no se me olvida, la misma manera de reírse y jugar cuando no quedaba otro remedio. Ésa no la perdió. Tampoco la destreza para tragarse un mundo ignorado por cuantos lo rodeaban. Imagino que su hermético y solemne padre lo abrazó con la decepción de la derrota. No sé qué se dirían.

Volvió a llamarse Carlos, como cuando lo inscribieron en el colegio a los 6 años, sintió los ojos de su rezadora madre recorrerle lo huesos con la triste pasión del te lo dije y fue con ella a misa en la iglesia de la Virgen de la Concordia, la acompañó a hincarse frente a la imagen blanca y muda para agradecerle que hubiera oído sus ruegos. Luego habrá comido sus guisos y bebido el aire de una ciudad que vivía sin pensar en más horizonte que la luz en que estaba envuelta. Volvió a sus amigos y al desgano con que todos miraban su pasado como una bola de humo en la que preferían no hurgar.

Natalia, su novia de los 20 años, quizás debió encontrarlo en la calle, mientras caminaba con un hijo en la mano y otro en el vientre. No sé si se hablaron. Había sucedido lo lógico. Un año después de que él se perdió en la guerra y ni una carta ni un perdón le llegaron, se convenció de abandonar el recuerdo de las tardes en el parque, de la banca en que soñó, junto con él, adivinar qué fantasías.

Él, empeñado sin más en el olvido, se hundió en el tiempo azul agazapado en los portales que cercaban el zócalo y sus árboles. Ahí, junto a la catedral, vio pasar a mi madre: inocente, erguida, tímida, dueña de las miradas y los deseos de los mejores  pretendientes de la ciudad. Lo mismo de los herederos de una fortuna cuantiosa que de los estudiantes que la habían coronado reina de una generación a la que perteneció un muchacho que años después fue mi maestro de lógica en la preparatoria. Era apacible y retraído, me hablaba con un aire de tío, me veía como a la copia al carbón de aquella mujer de lujo que nunca estuvo al alcance de nadie pero que, tras dos años de cartas, ciento cincuenta y cuatro martes de historias, se casó con el enigma que regresó de una guerra.

Para entonces, yo tenía los mismos años que mi papá cuando subió al barco cuyo nombre ostenta hasta hoy una tienda de quesos en Chipilo: La nave Italia, a la que visitábamos algunos domingos para comprar mantequilla y reírnos cuando el coche se llenaba de moscas, porque todo alrededor eran establos, mientras fuera mi papá conversaba en un dialecto del Veneto que ahora ya no se habla más que ahí.

A nosotros nunca nos habló en italiano ni nos dijo una palabra de lo que luego supimos por la única carta que les mandó a sus parientes del otro mundo, veinte años después de haberlos dejado y poco antes de morir de un día para otro, en la ciudad donde nació.

La carta nos la entregó la tía Angelina, una eterna soltera que hablaba de su primo como de un héroe etéreo, a la que no supimos valorar a tiempo como el tamaño de testimonio que pudo ser su lengua. He hablado y más he de hablar de ella, pero lo que conviene a este contar de ahora es decir que la carta nos enseñó, en dos minutos, a un desconocido. A un hombre lleno de nostalgias, sin duda acalladas, por las colinas tenues alrededor del río, por el sonido de su propio silbar, por el joven alegre que fue cuando sólo era un italiano sin más propósito que andar vivo. Porque entonces era italiano, vivía entre sus primos con los mismos derechos, heredero de un loco que se había ido a México como de casualidad, sin duda no para que su hijo Carlos dejara de ser un egregio habitante del reino del Piamonte, en cuanto a él se le antojara devolverlo para allá.

Carlo, el de la carta que recibieron sus parientes, tantos años después de que se despidió de ellos en Stradella, extrañaba las uvas pequeñas y dulces, la voz de su tía llamándolo a comer, la llanura tersa, la pasta con jitomates dulces, los senderos. Extrañaba las calles de Milán, los veleros en el lago de Cuomo. Contaba de nosotros con el mismo afán, nos describía de uno en uno como si fuéramos también una impronta esencial. Leerlo me hizo sentir que, si tanto había dejado una vez, lo mismo pudo haber dejado lo nuestro sin volver a escribir en los siguientes veinte años. La carta para ellos fue como una despedida. Meses después, bajo una penumbra parecida a la noche de nieve en que subió al vagón helado y negro que lo llevó a Génova, entró de urgencia a un hospital y se fue con cautela como quien dice hasta luego.

Durante un tiempo, largo, vivimos su ausencia como un abandono voluntario. De tanto darle vueltas hemos llegado, por fin, a entender que no fue así. De todos modos, a veces, al hablar de él, o de algo que nos duele en el presente, nosotros, ya viejos, razonables, sabios como todo diablo, somos unos niños abandonados en una nave rumbo a Italia.

—Papá, ¿quién ganó la guerra? —le preguntamos un día a la hora de comer. —Todos perdimos —nos respondió.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de Yo misma. Antología, El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos


Publicado originalmente en la edición de nexos de junio de 2023.

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Publicado en: Puerto libre

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