Para medio mundo los lunes suelen ser días difíciles, pero hay quien odia los domingos. Hay quien en domingo se aburre o se entristece. Yo no entiendo ese síntoma, pero sé que existe y he oído quejarse a quienes lo padecen. Nunca he sabido cómo consolarlos. Lo mismo que cualquiera, yo he ido teniendo vidas, épocas de vida, muy distantes y distintas entre sí. Y siempre me gustaron los domingos. Hay en el domingo una suerte de nostalgia por el viernes en la noche, pero todo lo demás es luminoso y redondo en la pura idea del domingo. Creo que a mis padres les gustaba el domingo y que nos contagiaron su afición. Mi madre nada más de verlo empezaba a prever campo y excursiones que a ella le tomaba el aire desde temprano. Mi padre escribía, los domingos en la mañana, una columna sobre automovilismo, su pasión compartida y custodiada por mis hermanos, que aparecía los lunes en un diario llamado “El Sol de Puebla” que, aunque ustedes no me lo crean así se llamaba y se sigue llamando. Le pagaban cien pesos por su escrito. Un dólar costaba doce cincuenta pesos. Menos de diez dólares. No lo hacía por dinero aunque mal no le cayera ese ingreso a la familia. Para darnos una idea nuestro regalo de cumpleaños podía ser una fiesta o cien pesos. De donde a mi padre le pagaban por su columna el equivalente de un pastel. Pero gozaba haciéndola. Yo tengo en la memoria la placidez como un contagio saliendo del sonido que hacían las teclas de su máquina. Mientras él escribía, nosotros vagábamos en torno a mi madre que hacía pastel de manzanas y luego todos íbamos a comer junto al lago o cerca del río. Dos entelequias que han desaparecido de Puebla. De tal modo están contaminados el río Atoyac y la presa de Valsequillo. De todos modos, el domingo está intacto y aún me gusta pasar por él como por un bautizo de serenidad. Tengan ustedes un buen lunes.
El lago y el río aun se pueden recuperar; las otras pérdidas, no.