Aquí les recuerdo esto:
¿Puede una mujer de setenta años, dedicada a cultivar las flores que crecen en torno a lo que será su tumba, atraer hacia su cuerpo y sus deseos a un muchacho de veinticuatro?
¿Puede un hombre tocar una piedra y hacer que brote el agua en mitad del desierto?
¿Puede uno joven caminar sobre la nieve cargando a un hombre, sólo para evitar que alguien encuentre las huellas de su amante saliendo de su recámara?
¿Puede una madre comerse a su hija para protegerla del acoso de un dios y hacer que en su lugar crezca un laurel?
¿Permite una esposa que su marido rescatado por una infiel, durante las cruzadas, se case también con ella y viva con las dos en paz y bajo el mismo techo?
No creerías nunca cosas así si alguien nos las platicara, sin embargo se las creemos a los escritores.
Cualquier cosa nos resulta creíble cuando pasa por el tamiz de la literatura. La literatura que es ficción en su origen mismo, la literatura que camina por lo fantástico, que ambiciona lo inaccesible, que nos ofrece como cierto lo increíble, lo mágico, lo inusitado, es muchas veces lo que más hemos creído en nuestras vidas. ¿Por qué?
El ser humano se maravilló -y se asustó- del mundo que lo rodeaba -y el que lo habitaba- desde que se le encendió la conciencia. Esta necesidad de contar historias, de escucharlas o leerlas, de fabular la realidad, es lo que nos hace tolerable la vida. Es el deseo de ir más allá de nuestra piel, de nuestro tiempo, de nuestro espacio. Habitar otros mundos, dejar que esos otros mundos nos habiten a nosotros, vivir (gozando y padeciendo) otras vidas. He aquí otra de las razones sustanciales para justificar nuestra propia existencia terrenal.
Porque somos los únicos animales capaces de contar relatos, y mas aun, de creerlos. Creer en historias y relatos es condición humana, lo que nos hace humanos. Lo que dota de sentido nuestra vacua existencia . Relatos, Mitos, religiones, vidas después de la muerte, paraísos, revoluciones, política, economía, libertad, arte, ….la litetatura permite que no los olvidemos y los trasmite y conserva para las proximas generaciones..
Bueno no soy anonimo soy Roberto Glez.
Mucho mejor Roberto Gonzáles que anónimo, ¿verdad?
Comparto su comentario.
Esa «s» final en González, no ha sido porque sea portuguesa. Aunque es cierto que comparto con ellos la Península Ibérica.
Querida Manu: Gracias por estar siempre pendiente.
Ya lo dices tú en el último párrafo. Sólo necesitamos los lectores que el cuento esté bien contado para disfrutarlo y creernos lo increíble.