
Pasada la primera juventud, uno se cree experto en el padecimiento y la contemplación de los abismos provocados por un amor no correspondido. Por eso es que yo tenía la certeza de saber casi todo lo que es posible sufrir cuando se cruza por ese infierno azul que es el amor mal pagado. Sin embargo, hace unos años mi perro me enseñó que no es así. Y ahora, que está la luna inmensa, me acuerdo de su historia y quiero contarla, aun cuando alguna vez lo hice ya, en otro Puerto Libre.
Mi perro parecía dueño de una vida interior más intensa que la de cualquiera de quienes lo rodeábamos, era capaz de aburrirse y gozar con más énfasis que María Callas y cuando imploraba con sus ojos tristones conseguía lo que fuera. El fresco dormía sobre las camas, ensuciaba los sillones de la sala con sus patas mojadas en lodo, desbarató los barrotes de las sillas que nos heredó la bisabuela, y el postre de su desayuno fue siempre un par de calcetines.
Por las mañanas oía música y agradecía fragmentos de La Bohemia o sonatas de Mozart. De dos a tres de la tarde tomaba una siesta sobre mi cama, luego comía en el mismo lugar que la familia y el resto de la tarde ladraba persiguiendo gatos sin que nadie le reprochara el escándalo. En cuanto daban las ocho se acomodaba contra la almohada de mi hijo para ver tele hasta las diez.
Como es obvio tenía todas las prerrogativas del más consentido miembro del clan. Por eso, cuando lo llevamos al campo fue tan incomprensible verlo saltar del auto y olvidarse de nosotros para correr tras las vigorosas ancas de una perra Rottweiler. No quiso en todo el fin de semana ni escuchar nuestras voces, ni dormir sobre nuestras camas, ni siquiera comer. En mitad de la noche amenazó con rayar sin piedad todas las puertas de la casa. Aullaba y plañía como nunca he visto quejarse a alguien en pena de amores.
Lo dejamos salir a la noche lluviosa por primera vez en su vida de conde y en la mañana lo vimos indiferente, despeinado y grasiento, siguiendo a la perra a su encierro diurno en un pequeño patio. Pasó el día con ella, hemos de suponer que repitiendo a Quevedo:
Después que te conocí,
todas las cosas me sobran:
el sol para tener día,
abril para tener rosas.
Cuando lo sacamos en la tarde para darle de comer aulló hasta que lo regresamos a su encierro. Ahí se quedó febril y displicente, sin voltear a mirarnos, preso de sus deseos como del aire. Lo buscamos en la mañana, seguros de que la oscuridad había sido atroz y de que le urgirían nuestros cuidados, pero él seguía repitiendo a Quevedo:
Por mi bien pueden tomar
otro oficio las auroras,
que yo conozco una luz
que sabe amanecer sombras.
Tenía los ojos mustios y pequeños, estaba exhausto, pero lo dejamos quedarse con su amada hasta que las horas rodaron como quisieron y llegó el momento de regresar. Entonces, sin más piedad que la de los Montesco, lo separamos de su Julieta. Estaba tan cansado y tan triste que ni siquiera intentó quedarse. Todo su romance había sido una sucesión de frustraciones, saltos equívocos, y esfuerzos inútiles. La perra era seis veces más alta que él y lo despreciaba sin piedad. Un desenlace así era esperado por todos, incluso por él, náufrago amante entre desdenes, que había mantenido el vigor y la audacia tan altos como le fue posible.
Volvimos a casa compartiendo su pena, pero seguros de que al llegar a sus lares encontraría la paz. Sin embargo para el anochecer seguía en un letargo raro. Su respiración era intranquila y azarosa, se había acomodado en un rincón del pasillo y de ahí no quería moverse. La veterinaria intentó calmarnos diciendo que así sufren algunos perros, que pueden pasar hasta quince días prendidos al aroma de las hormonas que una perra en celo suelta al aire sin medir los daños:
¿y quién sino un amante que soñaba,
juntara tanto infierno a tanto cielo?
El buen Quevedo es capaz de salir en auxilio de quien se lo pida. Sin embargo nuestro perro estaba tan perdido que no había verso capaz de curarlo. Le pusimos el último acto de Madame Butterfly, Pavarotti le cantó La donna é mobile, pero todo fue en vano, el lunes no levantó el hocico del ladrillo, seguía jadeante y lastimoso: Si hija del amor mi muerte fuese… sugirió Quevedo. La familia consternada volvió a llamar al veterinario: —Dénle un baño —dijo.
Se lo dimos.
Con las pocas fuerzas que tenía, trató de huir del agua como de una maldición:
Y dije quiera amor quiera mi suerte,
que nunca duerma yo si estoy despierto,
y que si duermo, que jamás despierte.
Cuando lo sacamos del agua, el pelo volvió a brillarle, los ojos encontraron su órbita, las hormonas ajenas dejaron de atormentar su cerebro y algo como el sosiego tomó sus pasos. Dio unos saltos breves, olisqueó nuestras piernas, ambicionó nuestras voces, se dejó guiar hasta un plato de comida caliente y la devoró como en sus mejores tiempos. Había vuelto.
Un revuelo de plácemes tomó a la familia, nuestro perro era otra vez él: nuestro perro:
Más desperté del dulce desconcierto,
y ví que estuve vivo con la muerte,
y ví que con la vida estaba muerto.
dijo Quevedo.
I enjoyed reading this. I enjoyed reading what you had to say. Nice read. Some nice points there.
I truly appreciate this post. I enjoyed reading this. It’s like you read my thoughts! You’ve made my day! Thx again.
Hit me up!
Hit me up! Thumbs up! I really like your article. I really like your article. Check out fraud website. It’s like you wrote the book on it or something. Thanks for writing this. This is an excellent, an eye-opener for sure! Nice read. Nice write up. Thumbs up! I really like your article. I enjoyed your post. Thank you. Nice write up. Thumbs up! Good job on this article! Nice read.
student debt
hardware wallet
cold wallet
scam company
white power
young girls
Las palabras las mueves como hojas al viento mas siempre las presentas dibujandopaisajes,sonrisa,romances,recuerdos,sentimientos.Que me son familiares,sabes? Eres la amiga que siempre idealicè y no tuve.
Un homenaje a una mascota que lo merece.
Hermosa narración poética, Angeles. Un amor perro donde interviene la poesía de Quevedo. Y tal vez tu perro, cuando volvió a ser de la familia, pensó, resignado, la primera línea de un poema de Salvador Novo:
«Al poema confio la pena de perderte»
Qué bueno fue que abrieras este face y podamos navegar en el Puerto Libre de tus hermosas letras…Gracias Ángeles. Un abrazo.
Estoy enamorada de tu firma y manera de escribir.
Simplemente me encanta tu pluma, tus personajes…