Duelos y quebrantos

Enumera Cervantes la comida que consumía la hacienda de Don Quijote y entre el carnero y las lentejas, dice que los sábados comía duelos y quebrantos. Explica el pie de página de las actuales ediciones, que tal nombre se daba entonces a los huevos con chorizo y jamón serrano. Sin embargo, uno tiende a olvidar las explicaciones y a recordar tan sólo que aquel hombre con cara de quebranto y cuerpo de duelo, tenía tales cosas como sustento.
Por esas épocas no se usaba elogiar las fibras y las dietas. No había el régimen de la zona ni ninguna zona en régimen. En cambio, ahora, empeñados en la eternidad y la salud, hay quienes cada vez gozan menos con la comida. Aunque no deja de haber quienes la disfrutan como se debe.
Mi prima Mónica tiene una hilera de dientes cuyo perfecto marfil alumbra una expresión venturosa. Sonríe con una naturalidad cuya sola memoria convoca bienestar. No recuerdo haberla oído jamás lamentando siquiera el menos fácil de sus días. No siempre han sido fáciles sus días, pero cualquiera que la mire vivir se siente acompañado en el delirio de irle buscando atajos a la existencia. Y es que Mónica sabe como pocos hallar delirios en el pretil de una sopera, en el círculo hermoso de un pastel de manzana.
Acudió un día, más por casualidad que por urgencia, a una terapia de grupo de esas en que la gente cuenta sus sufrimientos y se deja acompañar por los de otros. Y tras oír las desmesuradas catástrofes conyugales de una mujer delgada y pálida como una media luna, la interrumpió de pronto para preguntarle:
—Oye, y una sopita de fideos ¿hace cuánto que no la comes? Aunque sea del Vips, una sopita de pollo con arroz, procúratela cuanto antes. Verás que te cambia la visión del mundo.
Al salir la llevó a su casa y la sentó a comer según los mandamientos de su extraordinaria cocina.
—Me volví otra —confesó la mujer en la siguiente terapia.
Ya bien comida, tomó la decisión de cambiar a su marido por un novio pirata que le devolvió el color y desde entonces la acompaña en el comer sensato y los postres hasta la insensatez.
Tiene la prima Mónica varios mandamientos, el primero obliga a desayunar y el último a buscarse un chocolate cuando el azúcar o las fuerzas falten. Alguno en medio explica que si por error uno se echó a la calle con tan sólo café negro en el estómago vacío, deberá recurrir a una bolsita de cacahuates japoneses antes de ir al siquiatra o beber cicuta. La música y el cine generoso deben acompañar al buen comer cuando las cosas se ponen complicadas. Y hay que saber de cierto que las cosas son complicadas. Porque olvidarlo precipita frustraciones y equívocos de los cuales es difícil salir con bien, ya no se diga con serenidad. Las cosas son complicadas y hay problemas que sólo se resuelven con las piernas bajo la mesa. ¿Qué le vamos a hacer? Los duelos y los quebrantos, con pan son menos.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Puerto libre

2 comentarios en “Duelos y quebrantos

  1. Desde mi más recónditos recuerdos, mis «disgustos» me daban un hambre repentina y tenía que saciar mi necesidad con lo que fuera, dos galletas, un bocadillo, cualquier cosa. No serían muy importantes, porque solo con eso………………me curaba.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *