Cumpleaños del eterno Gabo

Siempre el seis de marzo es cumpleaños del Gabo. Lo digo con sorpresa porque a él y a su literatura les han pasado tantas cosas extraordinarias que cada año podría sucederle algo distinto. Sin embargo eso no, su cumpleaños no ha cambiado de día. Así que ahora llamé para felicitarlo. Estaban en la puerta los periodistas. Querían que saliera a saludar. Saldrá.Ya lo estoy viendo con su saco ligero y su sonrisa. No hay como él cuando sonríe.
Hace ya tiempo, cuando cumplió ochenta años, escribí algo que llamé «Vivir para gozarla». Aquí va una parte. Y perdón si ya la leyeron, pero éste es mi modo de cantarle las mañanitas.

¿Quién sabe qué mal quiso compensar la fortuna cuando puso en el siglo veinte la vida y los milagros del Gabo García Márquez? ¿Quién sabe de dónde sale el genio? ¿Quién la razón por la cual el destino nos lo acerca, como al agua?
Que las estrellas lo adivinen, a nosotros nos tocó atestiguarlo.
Ver a García Márquez andar el mundo con sus ojos en vilo y sus palabras en el aire, ha sido uno de los grandes prodigios que nos ha dado el siglo.
No se juega con el amor, ni con la historia, ni con los cuentos de la tierra y el río. O se juega para ganarles, como ha hecho el Gabo. De semejante triunfo hemos sido testigos sus lectores, que siempre somos sus amigos.
Leer a García Márquez y quererlo, es algo que sucede al mismo tiempo. Uno lo admira con la misma naturalidad que a las jacarandas, y del mismo modo se acerca a su prodigio. Lo quiere como a la luna porque, como la luna, le pertenece a cada quien de distinto modo y a todos tanto como quieran gozarla. Ahí está. Es un escritor generoso y cercano como no hay otro. Nadie ha sido tan pródigo con su talento y tan drástico con su audacia.
No sé si haya existido un tiempo en el que los humanos estuvieran orgullosos de su especie, sé que el espejo que ha puesto García Márquez frente a nuestros ojos nos asombra con los seres excepcionales que encuentra para regalárnoslos. Sé que las palabras con que ha dicho el mundo lo mejoran, lo alumbran, nos lo devuelven aliviado de sí mismo.
Sólo él sabe cómo le hace, sólo nosotros cuánto se lo agradecemos. Eso y la serenidad con que vive, como si no le pesara el aire. Nunca, ni siquiera a las cuatro de la mañana, cuando tras una cena larga, repite, a petición popular y como por primera vez, un soneto de Lope, lo he visto cansado de estar vivo y en la fiesta de vivir. Tampoco a media tarde, ni después de un concierto, ni mientras firma, por casualidad, en el lugar más inesperado, cientos de libros en una hora.
Leerlo es quedar presos de él, encantados igual que estarán nuestros nietos y sus descendientes y todo el que sobreviva al calentamiento global y a cualquier otro cataclismo. Sólo que nosotros, los desaforados habitantes de estos siglos, hemos compartido con él sus milagros, sabemos cómo son las cucharas, la música y el arroz en sus años y los nuestros.
¿Quién gobernaba España mientras Cervantes escribía el Quijote? ¿Quién Viena mientras Mozart hacía prodigios con la música que le cruzaba la imaginación? ¿Quién Florencia mientras Leonardo se preguntaba cómo volar? No importa. Ya nadie se acuerda, nadie siente en su piel, ni las guerras ni los desafíos de tales señores. En cambio, cada día y todos los días, algo de la estirpe de estos genios arropa nuestra vida. Lo mismo sucederá con García Márquez.
¿Quién gobernaba nuestro mundo mientras él, niño pintando la pared en su casa de pueblo, periodista, náufrago, testigo imaginario y presencial, marido de Mercedes, genio y cómplice de todos nosotros, lo contaba? Tampoco se sabrá.
En cambio cómo eran los hombres, los peces de oro, las mujeres de lumbre, las piedras, los eclipses, las dichas y desdichas que cuenta el único clásico vivo que conocemos, se sabrá para siempre. Y alguien, algún poeta después de la siguiente era glacial, terminará una cena con amigos repitiendo: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”
Pregunta: ¿Qué libro de García Márquez les gusta más? ¿O cuál párrafo recuerdan?


65 comentarios en “Cumpleaños del eterno Gabo

    1. Sol Jacobo,

      GGM. Escribió algunos cuentos que anduvieron con él mientras viajaba de un país a otro.
      Cuando se decidió a publicarlos resulta que eran doce.

      Saludos.

  1. «Eréndira estaba bañando a su abuela desalmada cuando empezó el viento de su desgracia. La enorme mansión de argamasa lunar, extraviada en la soledad del desierto, se estremeció hasta los estribos de la primera embestida. …………..»

    Cualquier página abierta al azar de cualquier obra de Gabriel García Marquez, es puro goce.

  2. Awi: puedo, casi, recitarla de memoria, no integra, sino algunos pasajes, tanto me conmovido esta alocucion que le puede remover el alma a cualquier sudamericano.

  3. Mariana, que bueno volver a saber de ti.

    Marion ,gracias por traer lo que escribió García Márquez en su discurso de aceptación del Premio Nobel .

  4. Es el cumpleaños del Gabo.Pero he sido yo quien he recibido el regalo de poder
    leer una vez más esos fragmentos de sus obras .Siguen siendo mis favoritas,
    Cien años de soledad,El amor en los tiempos del cólera, El coronel no tiene quien le escriba ,en fin casi todos..Historias Increibles que nos mantienen entretenidos de principio a fin.

  5. Angeles agradezco, este homenaje que has escrito para nuestro Gabriel García Márquez de todos los tiempos. Hay en tus palabras el amor al amigo y al compañero inigualable, creo que no hay mas que decir. Gracias. En nombre de los lectores que lo amamos. Gracias otra vez.
    Frase del libro «Memorias de mis putas tristes» Descubrí en fin, que el amor no es un estado del alma sino un signo del zodíaco.» pag. #66

    Angeles, un saludo cariñoso, para ti y Verónica, con gratos recuerdos de nuestro encuentro en Puebla, BBBBEEESSSSSOOOOSSSS

  6. Hola a todos y a todas,
    Yo me quedo con el Amor en tiempos del cólera, no sé cuántas veces habré regalado ese libro que tanto me gustaba que quería que lo leyera todo el mundo.
    Os dejo un sincero saludo desde hace mucho tiempo.

  7. Discurso de aceptacion Premio Nobel Literatura:

    Discurso de aceptación del Premio Nobel
    La soledad de América Latina (1982)

    Escuche el primer párrafo.

    Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

    Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

    La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

    Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

    De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

    Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

    Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

    No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

    América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

    No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

    Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

    Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: «Me niego a admitir el fin del hombre». No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

    Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

    Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

    En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía.

    Muchas gracias.

  8. Pagina 83 de Cien años de soledad:

    cuando llegó a sus oídos. Con su terrible sentido práctico, ella no podía entender el negocio del
    coronel, que cambiaba los pescaditos por monedas de oro, y luego convertía las monedas de oro
    en pescaditos, y así sucesivamente, de modo que tenía que trabajar cada vez más a medida que
    más vendía, para satisfacer un círculo vicioso exasperante. En verdad, lo que le interesaba a él no
    era el negocio sino el trabajo. Le hacía falta tanta concentración para engarzar escamas, incrustar
    minúsculos rubíes en los ojos, laminar agallas y montar timones, que no le quedaba un solo vacío
    para llenarlo con la desilusión de la guerra. Tan absorbente era la atención que le exigía el
    preciosismo de su artesanía, que en poco tiempo envejeció más que en todos los años de guerra,
    y la posición le torció la espina dorsal y la milimetría le desgastó la vista, pero la concentración
    implacable lo premió con la paz del espíritu. La última vez que se le vio atender algún asunto
    relacionado con la guerra, fue cuando un grupo de veteranos de ambos partidos solicitó su apoyo
    para la aprobación de las pensiones vitalicias, siempre prometidas y siempre en el punto de
    partida. «Olvídense de eso -les dijo él-. Ya ven que yo rechacé mi pensión para quitarme la
    tortura de estaría esperando hasta la muerte.» Al principio, el coronel Gerineldo Márquez lo
    visitaba al atardecer, y ambos se sentaban en la puerta de la calle a evocar el pasado. Pero
    Amaranta no pudo soportar los recuerdos que le suscitaba aquel hombre cansado cuya calvicie lo
    precipitaba al abismo de una ancianidad prematura, y lo atormentó con desaires injustos, hasta
    que no volvió sino en ocasiones especiales, y desapareció finalmente anulado por la parálisis.
    Taciturno, silencioso, insensible al nuevo soplo de vitalidad que estremecía la casa, el coronel
    Aureliano Buendía apenas si comprendió que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que
    un pacto honrado con la soledad. Se levantaba a las cinco después de un sueño superficial,
    tomaba en la cocina su eterno tazón de café amargo, se encerraba todo el día en el taller, y a las
    cuatro de la tarde pasaba por el corredor arrastrando un taburete, sin fijarse siquiera en el
    incendio de los rosales, ni en el brillo de la hora, ni en la impavidez de Amaranta, cuya melancolía
    hacia un ruido de marmita perfectamente perceptible al atardecer, y se sentaba en la puerta de la
    calle hasta que se lo permitían los mosquitos. Alguien se atrevió alguna vez a perturbar su
    soledad.
    -¿Cómo está, coronel? -le dijo al pasar.
    -Aquí -contestó él-. Esperando que pase mi entierro. De modo que la inquietud causada por la
    reaparición pública de su apellido, a propósito del reinado de Remedios, la bella, carecía de
    fundamento real. Muchos, sin embargo, no lo creyeron así. Inocente de la tragedia que lo
    amenazaba, el pueblo se desbordó en la plaza pública, en una bulliciosa explosión de alegría. El
    carnaval había alcanzado su más alto nivel de locura, Aureliano Segundo había satisfecho por fin
    su sueño de disfrazarse de tigre y andaba feliz entre la muchedumbre desaforada, ronco de tanto
    roncar, cuando apareció por el camino de la ciénaga una comparsa multitudinaria llevando en
    andas doradas a la mujer más fascinante que hubiera podido concebir la imaginación. Por un
    momento, los pacíficos habitantes de Macondo se quitaron las máscaras para ver mejor la
    deslumbrante criatura con corona de esmeraldas y capa de armiño, que parecía investida de una
    autoridad legítima, y no simplemente de una soberanía de lentejuelas y papel crespón. No faltó
    quien tuviera la suficiente clarividencia para sospechar que se trataba de una provocación. Pero
    Aureliano Segundo se sobrepuso de inmediato a la perplejidad, declaró huéspedes de honor a los
    recién llegados, y sentó salomónicamente a Remedios, la bella, y a la reina intrusa en el mismo
    pedestal. Hasta la medianoche, los forasteros disfrazados de beduinos participaron del delirio y
    hasta lo enriquecieron con una pirotecnia suntuosa y unas virtudes acrobáticas que hicieron pen-
    sar en las artes de los gitanos. De pronto, en el paroxismo de la fiesta, alguien rompió el delicado
    equilibrio.
    -¡Viva el partido liberal! -gritó-. ¡Viva el coronel Aureliano Buendía!
    Las descargas de fusilería ahogaron el esplendor de los fuegos artificiales, y los gritos de terror
    anularon la música, y el júbilo fue aniquilado por el pánico. Muchos años después seguiría
    afirmándose que la guardia real de la soberana intrusa era un escuadrón del ejército regular que
    debajo de sus ricas chilabas escondían fusiles de reglamento. El gobierno rechazó el cargo en un
    bando extraordinario y prometió una investigación terminante del episodio sangriento. Pero la
    verdad no se esclareció 1 nunca, y prevaleció para siempre la versión de que la guardia real,
    sin provocación de ninguna índole, tomó posiciones de combate a una seña de su comandante y
    disparó sin piedad contra la muchedumbre. Cuando se restableció la calma, no quedaba en el
    pueblo uno solo de los falsos beduinos, y quedaron tendidos en la plaza, entre muertos y heridos,
    nueve payasos, cuatro colombinas, diecisiete reyes de baraja, un diablo, tres músicos, dos Pares

    83

  9. Con Gabo fue amor a primera lectura. Sigo rendido a su talento desde que leí El otoño del patriarca. Muy su frase, y muy buena la oportunidad para traerla a cuenta :

    » El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad «

  10. El capitán miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de una escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites.

    -¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? -le preguntó.

    Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.

    -Toda la vida –dijo».

  11. Sin duda ser contemporáneo de este genio es un privilegio. Tuve la suerte alguna tarde hace varios años de encontrarme hojeando una revista en la tienda de un hotel en Acapulco y junto a mí, haciendo lo mismo, el gran Gabo. No soy muy afecto a molestar a algún famoso con que me he cruzado alguna vez (así como le pasó a Tati con Nelson Mandela), pero no pude resistirme con él. Fue tan amable conmigo que hasta aceptó tomarnos un trago en el bar del lobby de aquel Princess de finales de los ochenta. Una conversación de escasa media hora que guardo dentro de mis recuerdos más preciados. Dudé por un momento de compartirles esta anécdota porque me pareció presuntuosa, pero dado que esta entrega de Ángeles está dedicada al festejo de sus 87 años corrí el riesgo…

    En cuanto a sus obras… todas las he disfrutado, incluyendo Relato de un náufrago etc. etc. y Crónica de una muerte anunciada pero, desde luego, me quedaría con El amor en los tiempos del cólera, 100 años de Soledad y El coronel no tiene quien le escriba.

      1. Hay más de cien pueblos en nuestra América Latina que podrían ser Macondo, le dije en esa ocasión. Él sonrió y dijo: «Tan sólo en Colombia a más de cien…»

  12. «Crónica de una muerte anunciada», siempre me sorprende, no me canso de leerlo, después «La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada».

  13. Otra incondicional de Gabo que cada vez que terminaba la última de sus novelas publicada, pensaba en el tiempo que quedaba para la siguiente. No elijo, están por orden en la estantería y algunas en dos ediciones.

    De Vivir para contarla:

    Mi madre me pidió que la acompañara a vender la casa. Había llegado esa mañana desde el pueblo distante donde vivía la familia, y no tenía la menor idea de dónde encontrarme. Preguntando por aquí y por allá entre los conocidos, le indicaron que me buscara en la Librería Mundo, o en los cafés vecinos, donde yo iba todos los días a la una y a las seis de la tarde a conversar con mis amigos escritores. El que se lo dijo le advirtió: «Vaya con cuidado porque son locos de amarrar». Llegó a las doce en punto. Se abrió paso con su andar ligero por entre las mesas de libros en exhibición, se me plantó enfrente, mirándome a los ojos con la sonrisa de picardía de sus días mejores, y antes que yo pudiera reaccionar, me dijo:
    «Soy tu madre».
    Algo había cambiado en ella que me impidió reconocerla a primera vista. Tenía cuarenta y cinco años, y no nos veíamos desde hacía cuatro. Sumando sus once partos, había pasado casi diez años encinta, y por lo menos otros tantos amamantando a sus hijos. Había encanecido por completo antes de tiempo, los ojos se le veían más grandes y atónito detrás de sus primeros lentes bifocales, y guardaba un luto cerrado y serio por la muerte reciente de su madre, pero conservaba todavía la belleza romana de su retrato de bodas, ahora dignificada por un aura señorial. Antes de nada, aun antes de abrazarme, me dijo con su estilo ceremonial de siempre:

    «Vengo a pedirte el favor de que me acompañes a vender la casa».

    Mi madre me pidió que la acompañara a vender la casa. Había llegado esa mañana desde el pueblo distante donde vivía la familia, y no tenía la menor idea de dónde encontrarme. Preguntando por aquí y por allá entre los conocidos, le indicaron que me buscara en la Librería Mundo, o en los cafés vecinos, donde yo iba todos los días a la una y a las seis de la tarde a conversar con mis amigos escritores. El que se lo dijo le advirtió: «Vaya con cuidado porque son locos de amarrar». Llegó a las doce en punto. Se abrió paso con su andar ligero por entre las mesas de libros en exhibición, se me plantó enfrente, mirándome a los ojos con la sonrisa de picardía de sus días mejores, y antes que yo pudiera reaccionar, me dijo:
    «Soy tu madre».
    Algo había cambiado en ella que me impidió reconocerla a primera vista. Tenía cuarenta y cinco años, y no nos veíamos desde hacía cuatro. Sumando sus once partos, había pasado casi diez años encinta, y por lo menos otros tantos amamantando a sus hijos. Había encanecido por completo antes de tiempo, los ojos se le veían más grandes y atónito detrás de sus primeros lentes bifocales, y guardaba un luto cerrado y serio por la muerte reciente de su madre, pero conservaba todavía la belleza romana de su retrato de bodas, ahora dignificada por un aura señorial. Antes de nada, aun antes de abrazarme, me dijo con su estilo ceremonial de siempre:
    «Vengo a pedirte el favor de que me acompañes a vender la casa».
    No tuvo que decirme cuál, ni dónde, porque para nosotros sólo existía una en el mundo: la vieja casa de los abuelos en Aracataca, donde tuve la buena suerte de nacer y de donde salí para no volver poco antes de cumplir los ocho años. Yo acababa de abandonar la Facultad de Derecho al cabo de seis semestres, dedicados por completo a leer y recitar de memoria la poesía irrepetible del Siglo de Oro español.Había leído ya, traducidos y en ediciones prestadas, todos los libros que me habrían bastado para aprender la técnica de novelar, y había publicado cuatro relatos en suplementos de periódicos, que merecieron el entusiasmo de mis amigos y la atención de algunos críticos. Iba a cumplir veintitrés el mes siguiente, era ya infractor del servicio militar y veterano de dos blenorragias, y me fumaba cada día, sin premoniciones, sesenta cigarrillos de trabaco bárbaro. Alternaba mis ocios entre Barranquilla y Cartagena de Indias, en la costa caribe de Colombia, sobreviviendo a cuerpo de rey con lo que me pagaban por mis primeras notas de prensa, que era casi menos que nada, y dormía lo mejor acompañado posible donde me sorprendiera la noche. Más por escasez que por gusto, me anticipé a la moda en veinte años: bigote silvestre, cabellos alborotados, pantalones de vaquero, camisas de grandes flores y sandalias de peregrino. En la oscuridad de un cine, y sin saber que yo estaba cerca, una amiga de entonces le dijo a alguien: «El pobre Gabito es un caso perdido». De modo que cuando mi madre me pidió que fuera con ella a vender la casa no tuve ningún estorbo para decirle que sí. Ella me planteó que no tenía dinero bastante, y yo por orgullo le dije que pagaba mis gastos. En el periódico no era oposible. Me pagaban tres pesos por nota diaria, y cuatro por un editorial, cuando faltaba alguno de los editorialistas de planta, pero apenas me alcanzaba. Traté de hacer un préstamo, pero el gerente me recordó que mi deuda ascendía a más de cien notas. Esa tarde cometí un abuso del cual ninguno de mis amigos hará sido capaz. A la salida del Café Colombia, junto a la librería, me emparejé con don Ramón Vinyes, el viejo maestro y librero catalán, y le pedí prestatados diez pesos. Sólo tenía seis.
    Ni mi madre ni yo, por supuesto, hubiéramos podido imaginar siquiera que aquel cándido paseo de sólo dos días iba a ser tan determinante para mí, que la más larga y diligente de las vidas no me alcanzaría para acabar de contarlo. Ahora, con más de setenta años bien medidos, sé que fue la decisión más importante de cuantas tuve que tomar en toda mi carrera de escritor. Es decir: en toda mi vida.

    La novela de su vida, maestro de hacer ficción la realidad.

  14. No puedo irme a la cama sin felicitar al Gabo (aquí ya es siete, pero allá donde está él aún es seis) y decirte, Ángeles, lo que me ha gustado tu dedicatoria.
    para mí, que hoy ha sido un día feliz y literario, como todos mis jueves, no podía haber mejor guinda para este pastel que leer todo lo que aquí habéis dejado escrito.
    Gracias por estos regalos.
    Besos

  15. Difícil decidir entre «Cien años de soledad», «El otoño del patriarca» y «El amor en los tiempos del cólera», pero me quedo con este último y su resplandeciente final:

    Mientras él despachaba la ración de huevos, la bandeja de patacones, la jarra de
    café con leche, el buque salió de la bahía con las calderas sosegadas, se abrió paso en
    los caños a través de las colchas de tarulla, lotos fluviales de flores moradas y grandes
    hojas en forma de corazón, y volvió a las ciénagas. El agua era tornasolada por el mundo
    de peces que flotaban de costado, muertos por la dinamita de los pescadores furtivos, y
    los pájaros de la tierra y del agua volaban en círculos sobre ellos con chillidos metálicos.
    El viento del Caribe se metió por las ventanas con la bullaranga de los pájaros, y Fermina
    Daza sintió en la sangre los latidos desordenados de su libre albedrío. A la derecha,
    turbio y parsimonioso, el estuario del río Grande de la Magdalena se explayaba hasta el
    otro lado del mundo.
    Cuando ya no quedó nada que comer en los platos, el capitán se limpió los labios
    con la esquina del mantel, y habló en una jerga procaz que acabó de una vez con el
    prestigio del buen decir de los capitanes del río. Pues no habló por ellos ni para nadie,
    sino tratando de ponerse de acuerdo con su propia rabia. Su conclusión, al cabo de una
    ristra de improperios bárbaros, fue que no encontraba cómo salir del embrollo en que se
    había metido con la bandera del cólera.
    Florentino Ariza lo escuchó sin pestañear. Luego miró por las ventanas el círculo
    completo del cuadrante de la rosa náutica, el horizonte nítido, el cielo de diciembre sin
    una sola nube, las aguas navegables hasta siempre, y dijo:
    -Sigamos derecho, derecho, derecho, otra vez hasta La Dorada.
    Fermina Daza se estremeció, porque reconoció la antigua voz iluminada por la
    gracia del Espíritu Santo, y miró al capitán: él era el destino. Pero el capitán no la vio,
    porque estaba anonadado por el tremendo poder de inspiración de Florentino Ariza.
    -¿Lo dice en serio? -le preguntó.
    -Desde que nací -dijo Florentino Ariza-, no he dicho una sola cosa que no sea en
    serio.
    El capitán miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de
    una escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor
    impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no
    tiene límites.
    -¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? -le
    preguntó.
    Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años,
    siete meses y once días con sus noches.
    -Toda la vida –dijo.

      1. DEJA SIN ALIENTO!,,,,, SiN RESPIRACION!,,,,!!!

        Ay, Tati, aquel dia que no quisiste modificar el ritmo de tu periplo mexicano y no te quedaste a comer en casa de Angeles , donde los invitados serian don Gabriel y Mercedes,,,,,,yo crei morir…… A mi me hubieran tenido que arrancar de su lado..
        .(Hubiera sido un oprobio total, menos mal que no se me dio la ocasion)

        1. Esto ya es para mí uno de mis mayores errores, pero el encuentro no era en casa de Ángeles sino en la de Gabo . Pero no hay excusa que valga. Justo hoy mi hermana me lo reprochaba hoy. Ella sí quería ir.

          1. Aaah, no !!! Habia interpretado mal.
            Si era en la casa de el, casi te justifico!
            Muy fuerte!!!
            ( me hubieran tenido que desalojar con la policia, jajajaja!)

  16. Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa
    presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y
    removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada
    del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa
    de muerto grande y de podrida grandeza. Sólo entonces nos atrevimos a entrar
    sin embestir los carcomidos muros de piedra fortificada, como querían los más
    resueltos, ni desquiciar con yuntas de bueyes la entrada principal, como otros
    proponían, pues bastó con que alguien los empujara para que cedieran en sus
    goznes los portones blindados que en los tiempos heroicos de la casa habían
    resistido a las lombardas de William Dampier. Fue como penetrar en el ámbito
    de otra época, porque el aire era más tenue en los pozos de escombros de la
    vasta guarida del poder, y el silencio era más antiguo, y las cosas eran
    arduamente visibles en la luz decrépita.

    -de El otoño del patriarca-

    PD: Y ya no pongo más. Que me estoy hartando de mí misma.

  17. Tu texto para celebrar el cumpleaños del gran Gabo es precioso, Ángeles. Casi te he «escuchado» decir esas palabras.

    A mí todo lo que ha escrito García Márquez me gusta, pero uno que me gustó un poquito más es «Memoria de mis putas tristes», porque creo que es un libro escrito desde la sabiduría y es un libro entrañable.

    Y un cuento que me sé de memoria porque me fascina es «Sólo vine a hablar por teléfono».

  18. «El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Tuvo diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados uno tras otro en una sola noche, antes de que el mayor cumpliera treinta y cinco años. Escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento. Sobrevivió a una carga de estricnina en el café que habría bastado para matar un caballo. Rechazó la Orden del Mérito que le otorgó el presidente de la república. Llegó a ser comandante general de las fuerzas revolucionarias, con jurisdicción y mando de una frontera a la otra, y el hombre más temido por el gobierno, pero nunca permitió que le tomaran una fotografía. Declinó la pensión vitalicia que le ofrecieron después de la guerra y vivió hasta la vejez de los pescaditos de oro que fabricaba en su taller de Macondo. Aunque peleó siempre al frente de sus hombres, la única herida que recibió se la produjo él mismo después de firmar la capitulación de Neerlandia que puso término a casi veinte años de guerras civiles. Se disparó un tiro de pistola en el pecho y el proyectil le salió por la espalda sin lastimar ningún centro vital. Lo único que quedó de todo eso fue una calle con su nombre en Macondo. Sin embargo, según declaró pocos años antes de morir de viejo, ni siquiera
    eso esperaba la madrugada en que se fue con sus veintiún hombres a reunirse con las fuerzas del general Victorio Medina.
    -Ahí te dejamos a Macondo -fue todo cuanto le dijo a Arcadio antes de irse-. Te lo dejamos bien, procura que lo encontremos mejor»…

  19. Un perro cenizo con un lucero en la frente irrumpió en los vericuetos del
    mercado el primer domingo de diciembre, revolcó mesas de fritangas,
    desbarató tenderetes de indios y toldos de lotería, y de paso mordió a cuatro
    personas que se le atravesaron en el camino.

    -de El amor y otros demonios-

  20. Siempre había entendido que morirse de amor no era más que una licencia poética. Aquella tarde, de regreso a casa otra vez sin el gato y sin ella, comprobé que no sólo era posible morirse, sino que yo mismo, viejo y sin nadie, estaba muriéndome de amor. Pero también me di cuenta de que era válida la verdad contraria: no habría cambiado por nada del mundo las delicias de mi pesadumbre. Había perdido más de quince años tratando de traducir los cantos de Leopardi, y sólo aquella tarde los sentí a fondo: Ay de mí, si es amor, cuánto atormenta.

    (Memorias de mi putas tristes)

  21. Buenas tardes Ángeles querida,

    Por alguna extraña razón, mientras crecía, leí todos los libros de don Gabo y al final… pude leer Cien años de soledad…. Qué locura al terminar.. Qué buen sabor, qué alegría tan grande…. Vivir para contarla…. Mmmmh, creí que cada año nos iba a regalar un episodio más…. lástima, me supo a poco su vida en un tomo.

    Felicidades don Gabriel García Márquez… la sonrisa (con bigote) más hermosa, quitando la de mi Viejo, que yo conozco.

    Yo, soy como él…. una orquídea tropical.

  22. Eréndira estaba bañando a la abuela cuando empezó el viento de su desgracia.
    La enorme mansión de argamasa lunar, extraviada en la soledad del desierto, se
    estremeció hasta los estribos con la primera embestida. Pero Eréndira y la
    abuela estaban hechas a los riesgos de aquella naturaleza desatinada, y apenas
    si notaron el calibre del viento en el baño adornado de pavorreales repetidos y
    mosaicos pueriles de termas romanas.
    La abuela, desnuda y grande, parecía una hermosa ballena blanca en la alberca
    de mármol. La nieta había cumplido apenas los catorce años, y era lánguida y
    de huesos tiernos, y demasiado mansa para su edad. Con una parsimonia que
    tenía algo de rigor sagrado le hacía abluciones a la abuela con un agua en la
    que había hervido plantas depurativas y hojas de buen olor, y éstas se
    quedaban pegadas en las espaldas suculentas, en los cabellos metálicos y
    sueltos, en el hombro potente tatuado sin piedad con un escarnio de marineros.

    -de la increible y triste historia de Cándida Eréndira y su abuela desalmada-

  23. Buscando siempre la protección de los almendros la mujer y la niña penetraron en el
    pueblo sin perturbar la siesta. Fueron directamente a la casa cural. La mujer raspó con la
    uña la red metálica de la puerta, esperó un instante y volvió a llamar. En el interior
    zumbaba un ventilador eléctrico. No se oyeron los pasos. Se oyó apenas el leve crujido
    de una puerta y en seguida una voz cautelosa muy cerca de la red metálica: “¿Quién es?”
    La mujer trató de ver a través de la red metálica.

    -de los funerales de la mamá grande-

  24. «José Palacios, su servidor más antiguo, lo encontró flotando en las aguas depurativas de la bañera, desnudo y con los ojos abiertos, y creyó que se había ahogado. Sabía que ése era uno de sus muchos modos de meditar, pero el estado de éxtasis en que yacía a la deriva parecía de alguien que ya no era de este mundo. No se atrevió a acercarse, sino que lo llamó con voz sorda de acuerdo con la orden de despertarlo antes de las cinco para viajar con las primeras luces. El general emergió del hechizo, y vio en la penumbra los ojos azules y diáfanos, el cabello encrespado de color de ardilla, la majestad impávida de su mayordomo de todos los días sosteniendo en la mano el pocillo con la infusión de amapolas con goma. El general se agarró sin fuerzas de las asas de la bañera, y surgió de entre las aguas medicinales con un ímpetu de delfín que no era de esperar en un cuerpo tan desmedrado».

    -de el general en su laberinto-

  25. Digan más, Que tengo un día largo, pero con que varios le dediquen cinco minutos podremos ir leyendo maravillas. y gracias

  26. «El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para
    esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de
    higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al
    despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros. «Siempre soñaba con
    árboles», me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años después los pormenores»

    – de crónica de una muerte anunciada-
    de aquel lunes ingrato. «La semana anterior había soñado que iba solo en un avión de
    papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los almendros», me dijo. Tenía una
    reputación muy bien ganada de interprete certera de los sueños ajenos, siempre que se
    los contaran en ayunas, pero no había advertido ningún augurio aciago en esos dos
    sueños de su hijo, ni en los otros sueños con árboles que él le había contado en las
    mañanas que precedieron a su muerte.

    1. Enorme inicio de la novela, mcjaramillo. Hay un ensayo sobre ese principio y, definitivamente, esa oración es perfecta.

  27. El doctor Juvenal Urbino tenía una rutina fácil de seguir, desde que quedaron atrás
    los años tormentosos de las primeras armas, y logró una respetabilidad y un prestigio
    que no tenían igual en la provincia. Se levantaba con los primeros gallos, y a esa hora
    empezaba a tomar sus medicinas secretas: bromuro de potasio para levantarse el ánimo,
    salicilatos para los dolores de los huesos en tiempo de lluvia, gotas de cornezuelo de
    centeno para los vahídos, belladona para el buen dormir. Tomaba algo a cada hora,
    siempre a escondidas, porque en su larga vida de médico y maestro fue siempre
    contrario a recetar paliativos para la vejez: le era más fácil soportar los dolores ajenos
    que los propios. En el bolsillo llevaba siempre una almohadilla de alcanfor que aspiraba a
    fondo cuando nadie lo estaba viendo, para quitarse el miedo de tantas medicinas
    revueltas.

    -Del amor en los tiempos del cólera-

  28. Felicisimo cumpleaños para el maestro de maestros, entrañable GABO!

    Obra preferida: Cien años de soledad.
    Personaje idolatrado: Amaranta Ursula.

    Todos sus textos son maravillosos,,cada uno con su encanto particular.
    Pero el deslumbron y la fascinacion total estan en las paginas de Cien Años.

  29. El Gabo es uno de mis autores favoritos. (Además de Ángeles) He leído “Cien Años de Soledad” casi cien veces y todo lo que se ha publicado de él. Finalmente, compre Cien Años de Soledad en mi Ipad para tener siempre acceso a él. Siempre que lo leo siento que entro a un mundo de espejos y espejismos. Siempre recuerdo “apártense vacas que la vida es corta”
    Saludos a todos, aquí, saliendo del crudo invierno poco a poco, al menos el sol brilla en Nueva York.
    Feliz Cumpleaños y un abrazo para mi Gabo y el Gabo de todos los que lo han leído.

  30. «Uno quiere a Gabo como a la luna, porque le pertenece a cada quién de distinto modo y a todos tanto como quieran gozarla»
    Ángeles Mastretta.

  31. Sin duda el libro que más me gusta del grandísimo García Márquez, es «Cien años de soledad». El fragmento que recuerdo con más gusto y que tanto me inspira es cuando se habla de Remedios la bella:
    “Aunque algunos hombres ligeros de palabra se complacían en decir que bien valía sacrificar la vida por una noche de amor con tan conturbadora mujer, la verdad fue que ninguno hizo esfuerzos por conseguirlo. Para rendirla habría bastado con un sentimiento tan primitivo, y simple como el amor, pero eso fue lo único que no se le ocurrió a nadie”.
    ¡Saludos, querida Ángeles!

  32. «Uno quiere a Gabo como a la luna, porque le pertenece a cada quién de distinto modo y a todos tanto como quieran gozarla».
    Ángeles Mastretta.
    Esto también lo copié no sé cuándo, no sé dónde.

  33. ·»El coronel destapó el tarro de café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata».

  34. Cien años de soledad, sin duda. Y voy a quedarme con una frase corta que un día copié en mi cuadernito, ya que mi memoria se empeña en borrar lo que yo le pido que guarde.
    «En cualquier lugar que estuvieran, recordaran siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera».

  35. Entre las cosas por las que me alegra haber nacido cuando lo hice, está la de ser contemporánea de García Márquez. Qué inmensa fortuna haberlo podido leer según iba poblicando. Tengo todo lo que de su pluma ha salido; al menos, todo lo que se ha publicado. Lo leo y lo releo y siempre es esplendoroso.

    No sabría que elegir si me obligaran a quedarme con un sólo libro suyo… ¿»Con el coronel no tiene quien le escriba»? Quizá

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