Benjamin Button y la tercera educación

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Un día me sucedió lo que a Benjamin Button, el personaje del cuento de Scott Fitzgerald en el que se basa la película recién estrenada en México: ¡rejuvenecí!
Cuando era joven iba al cine sola sin ningún problema. Luego tuve mi propia época del cine de oro, durante esos dorados años en que mi hija estaba en la escuela secundaria y al primer estornudo nos íbamos al cine y no había colegio. Cuando pasó el tiempo y ella, lógico, se hizo de un novio con el que, entre otras cosas, ir al cine, yo me quedé encaminada y un tiempo seguí yendo al cine. Aunque fuera sola. A mi cónyuge no le gusta el cine en el cine, creo que siente que está perdiendo el tiempo con tanto hacer el viaje, hacer la fila en la taquilla, ver los anuncios, por fin ver la peli y luego el viaje de regreso. Nunca encuentra el tiempo, y para lo que no encontramos el tiempo es para lo que no nos gusta.
El caso es que un buen día empezó a darme flojera el cine a solas y luego a darme tristeza y luego hasta miedo. Dejé de ir sola y por lo mismo se redujeron mis idas al cine hasta niveles nunca imaginados. Pero aquel día, célebre, para mí, me senté a solas en la sala catorce de un Cinemex y vi la emocionante vida de Benjamin Button, y la belleza insólita de Brat Pitt y Cate Blanchett, mientras mis hijos, —ella porque ya la había visto y él porque prometió ir a verla en otra ocasión— entraban a “una palomitera” tres salas adelante.
Debo confesar que les rogué muchísimo, no saben ustedes lo bajo que caí, pero ellos fueron contundentes en su negativa y yo recibí una de las lecciones de mi tercera educación: la que dan los hijos. Entré a la sala ya oscura, pero apenas en el título de la película, buscando un lugar a tientas y sentándome al principio con sensación de abandono y en un ratito con la desmemoria que provoca el cine cuando nos lleva de viaje. Me gustó Benjamin Button. La disfruté y así como Benjamin es un niño que nace siendo un viejo y poco a poco va rejuveneciendo, (les cuento semejante premisa porque no les adelanto nada que no suceda en el primer minuto), así yo, salí del cine con diez años menos. No me volví a quedar sin la pantalla grande porque mis horarios o mis ganas no coincidieran con las de algún ser querido.
Aquella tarde me quedé pensando en Fitzgerald, en el aroma de su prosa y sus fantasías.

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Publicado en: Puerto libre

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