Empecé contándolo como si nada. Hablé frente a una audiencia cálida y receptiva. Me conmueven los médicos. Hoy les conté algo de mi achaque fundamental. Lo he escrito varias veces, y lo decía siempre sin estrépito. La primera vez lo dije en un artículo, para “Ovaciones”, que llevó el título: “Tengo epilepsia: ¿y qué?” Andaba yo por ahí de los 24 años y tenía como diez de andar cargando el mal que, para mi fortuna, yo no tomaba muy en serio. Nunca lo he tomado más en serio de lo necesario. Pero para aceptar la fidelidad a las medicinas he tenido siempre un rigor de monja portuguesa cuando escribe cartas. Puntual y apasionada. Ni siquiera miedosa. De ahí que me cueste entender a quienes las olvidan o se niegan a tomarlas. Sin embargo, esta mañana, en el Hospital Infantil, me enteré de que, sobre todo en los adolescentes, dejar las medicinas es un desafío que les gusta.
Hoy hubo una ceremonia para reconocer a los creadores de una aplicación telefónica para apoyar a personas con epilepsia. Costó llegar ahí porque la ciudad confunde con calles como vericuetos. Pero, de repente, ahí estaba, desafiante y hermoso, el nuevo edificio del hospital para los niños. Un rectángulo de colores. En el número 162 de la calle doctor Márquez, en la colonia de los doctores.
Por ese mismo rumbo estaba el hospital francés cuando yo vine aquí, hace cincuenta años, a que me tomaran un electroencefalograma porque, supongo, en Puebla no había los aparatos. Digo que lo supongo porque no lo sabía pero tampoco creo que mis papás hubieran hecho el esfuerzo de venir hasta aquí, si en Puebla hubiera sido posible tal maniobra. Pobres de mis papás, pienso ahora. Lo que habrán penado. Tenían una hija con una enfermedad caprichosa, que avergonzaba y a la que se temía. Me imagino lo que habrá sido para ellos que su chiquita creciera bajo la sombra de una probable crisis cada vez que a su cuerpo se le antojaba. Recuerdo ahora su gesto arriba de mis ojos cuando los abría tras una crisis. Ahí estaban los dos, asomados a mí como si quisieran descifrar un crucigrama en chino.
Veníamos al hospital francés, no sé por qué a ése, justo junto al panteón. Entonces no lo consideré una profecía, pero no habrá faltado quien así lo tomara. Si ahora yo tuviera que consultar a un médico cuya oficina quedara a tres pasos del panteón, me preocuparía. Pero se ve que entonces eran más prácticos. ¿Para qué viajar hasta más lejos si las cosas salían mal? En mi caso, salieron bien. Pero con el tiempo.
Yo sé, en carne y alma propias, que el mundo no sólo cambia para mal. En lo que tiene que ver con las enfermedades hay mejoras que les hacen bien a muchos. Sin escándalo, sin salir en los periódicos ni darse aires de genios, quienes llegaron a la fórmula de las medicinas que hoy me acompañan tienen mi diaria bendición. Y las de muchos otros.
Hay gente buena, me dije al entrar al hospital.
Ángeles maravillosa! Yo tampoco entiendo porque hay personas que dejan de tomar el medicamento. Yo tengo dos hermanas con epilepsia, una de ellas con convulsiones prácticamente nulas debido a la disciplina que tú mencionas pero mi otra hermana con su salud minada por las caídas y golpes debido a que nunca fue ordenada con su medicamento. Al leerte siempre tocas fibras muy íntimas en mi persona pero hoy particularmente fue más duro pues es muy difícil ver a personas tan queridas padecer por su propia voluntad. Gracias por otro maravilloso texto.
¡Diez páginas! Impensable, querido JCHolguín. Gracias por mencionarme en su curso. Pero no es cirto que yo pueda escribir diez páginas diarias. Ni esos tiempos, ¿No será que dije dos? Eso se me hace más lógico . Abrazo
Buen día Ángeles, acaban de mencionarla en mi clase en El Colegio de Sonora. La doctora nos dijo que el extinto maestro Lian Karp, les contaba que usted, en sus tiempos de estudiante, le comentó que no se dormía si no escribía diez paginas diarias, en máquina. Es cierto eso?
Saludos!
Me parece que el llamado «patatus»» está condicionado a los medicamentos.
Si olvidan tomarlos, cómo son prescritos siempre se arriesgan a tenerlos.
Ángeles, se que tu eres muy cuidadosa y se te debe hacer mas fácil dominar tu condición.
Querida Ángeles,
Poco, por no decir nada, sé de tu condición.
Sólo recuerdo siempre la parte cómica, la que la gente de personalidad Histriónica la utiliza a conveniencia y como método infalible de manipulación. En las películas de mi infancia…. La señora mayor, de reojo, comprobaba que hubiera cerca un buen sillón para cuando le diera el «patatús»
Sé ahora por ti que ya estás acostumbrada a sobrellevarla, así debe ser, y te mereces un aplauso por el sentido común. Recuerdo que nos contaste que el no haber llevado tu pastillero a una cena de personalidades, te la arruinó y tuvieron que prevenir, cualquier posible episodio, retirándose contra su voluntad.
Que bonita es la valentía…
Uno qué más quisiera….! ¿Verdad?
Pero la vida es como hacer la comida….. Se hace con lo que se tiene!
Besos
Recaudo hace cocina, no Catarina.
Pero yo difiero, se de quien que hace maravillas con lo que tiene a la mano y aprovecha su tiempo, gentileza y amabilidad para hacernos sentir bien. Todo es actitud y bonhomía.
Prontito conocerás a mi Nieta y cómo lo vamos a disfrutar!
Besos a mi Berthín❤️
El patatus, Jose Manuel. Está bueno el nombre. ¿y cómo está tu hermano? Manu, gracias, ¿y cómo le habrá ido de elecciones a Marion?
Gracias Angeles.
Mi hermano murió al poco tiempo, en 1970. Construyendo la estructura del techo de un edificio cayo desde el tercer piso. Nunca me lo dijeron, pero yo siempre sospeché que el “patatús” lo empujó.
¿Hay actividades, como pilotear aviones, que alguien con esa condición, como bien la describes, no debería efectuar,?
Pues gracias a todos. Manuel querido, ¡qué historia la de tu amigo que murió en la alberca! Miren de lo que me he salvado. Yo que me iba al mar con dos hijos y dos amigos por cabeza y pasaba con ellos horas, brincado las olas. U que he buceado feliz, pero ahora pienso que de manera muy irresponsable. Bien para mi que hace once años no sé de tales desastre y que espero haberlos superado para lo que me queda por vivir que, también espero, sea mucho. No te preocupes, Joxepa, que ya estoy bien y que las cosas que nos hacen vulnerables, al mismo tiempo nos fortalecen. Un beso, Angeles
Es aterrador cuando tienes 12 años y lo vez en tu hermano adulto, tu solo con él, en la calle de un pueblo pequeño donde pocos saben que existe. Después le llamaríamos el “patatús.”
«El patatús» Hasta ahora lo asocio…. y es cierto
Perpleja ante el post de hoy. No sé si lo que nos cuenta hoy Angeles es realidad o ficción. He buscado un entrecomillado al principio y final de la lectura pero no lo he encontrado……luego…..la referencia a Puebla……….Espero que si lo de la epilepsia es real, sea ya una cosa que pertenece al pasado. Ese es mi deseo.
Querida Joxepa: lo de la epilepsia de Ángeles es real.
Vaya !que sorpresa! Angeles !tan bella! !tan inteligente!
Angeles Hoy te abrazo con intensidad !valiente!
Si ahora tuvieras que visitar a un médico que tuviera la consulta a tres paso del Panteón, seguro que tampoco te preocuparía. La inteligencia nunca es supersticiosa.
Que bien que alguien se preocupe por situaciones que deberíamos ver normales y tratables
Se necesita una sensibilidad muy especial para ser y convivir con la epilepsia
David, ese fue el nombre de mi vecino que la padecía, como recuerdo sus episodios en el patio donde jugábamos y un par de veces que le dio cuando caminábamos en la calle, el último le dio en la alberca del club donde nadamos (El famoso Club Alpha, ¡Te acuerdas!) … ya no salió vivo. Y hoy, lo recuerdo con cariño